Epicuro Sobre la felicidad

Editorial Debate.

“Todos quieren vivir felizmente, hermano, pero al considerar qué es lo que produce una vida feliz caminan sin rumbo claro”. Con este párrafo, difícilmente discutible, comienza Séneca su tratado Acerca de la vida feliz. No es extraño, pues, que la felicidad haya sido uno de los objetos privilegiados de la reflexión filosófica. Pero actualmente, como observa el filósofo francés Comte-Sponville, “este tema lo dejan más o menos completamente de lado la mayoría de los filósofos contemporáneos –digamos los que han dominado la segunda mitad del siglo xx–, como si de repente la felicidad hubiese dejado de ser un problema filosófico”.

Quizá esto es así porque, para el pensamiento burgués, la felicidad ha dejado de ser un problema filosófico para pasar a ser un problema económico. La felicidad puede comprarse en el Corte Inglés, todo es cuestión de tener la suficiente capacidad adquisitiva.

Sin embargo, este eslogan es tan falso que no resistiría una mínima reflexión sobre él. Lo cual explica que los grandes medios de difusión de ideología no estén en absoluto interesados en favorecer esa reflexión. Esto nos lleva a ver, con agrado, la publicación por la editorial Debate de la colección SIETE LIBROS SOBRE EL ARTE DE VIVIR.

El primero es SOBRE LA FELICIDAD, de Epicuro. Lo primero que llama la atención es que este autor, considerado el prototipo de los amantes del placer y del buen vivir, resulta un asceta espartano al lado de cualquier consumidor burgués de medio pelo. Realmente merece la pena conocer, de primera mano, el pensamiento de este filósofo que ha sido entronizado como padre del hedonismo: qué es lo que él consideraba básico para la felicidad. Algo totalmente alejado del hedonismo consumista actual.

También es interesante su esfuerzo, aunque nos pueda parecer demasiado voluntarista e ingenuo, para asegurar la felicidad gracias a la sabiduría.

Como son pocos los fragmentos de Epicuro que se conservan, el libro se completa con una interesante presentación de la colección y una introducción de Carlos García Gual, y un prólogo de Emilio Lledó.

Antonio Zugasti

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