LO COTIDIANO, SÍ, PERO…

Evaristo Villar

1De un tiempo relativamente breve hasta ahora, una leve brisa de optimismo ha comenzado a soplar sobre el mundo. Que «otro mundo es posible» es un mensaje que empieza a calar en amplios sectores de la población. Sobre todo entre los más críticos del sistema y los movimientos sociales alternativos. Cada día son más los que están convencidos de la torpeza o mala orientación de las instituciones económico-financieras mundiales (BM, FMI, OMC, etc.), gestionadas por los «señores del mundo». Y es que la propuesta que estos hacen sobre la homogeneización de la producción mundial, la apertura sin trabas de los mercados y la libertad financiera resulta ser sólo buena para unos pocos y pésima para el conjunto de la humanidad. No puede ser, en buena lógica, una alternativa de futuro ante la necesaria globalización de la solidaridad .

Pero si esta impresión optimista parece cierta, no es menos cierto que choca a diario con la experiencia que tenemos de una realidad que se resiste al cambio y que se muestra opaca y adusta con la gente. El imperio del mal sigue atacando y el pueblo se siente cada día más postergado y desprotegido. En estas condiciones, necesitamos preguntarnos si ese optimismo no es más que un mero espejismo. Más en concreto, ¿tenemos razones para seguir soñando y confiando en el futuro?

La redacción de Utopía, en busca de respuestas, ha rastreado esta vez en lo más próximo e inmediato que nos afecta, el ámbito socio-laboral y la vivienda, el sexo y el ocio, la violencia y la guerra. Porque, «si todo está conectado con todo», en eso que nos afecta  podremos percibir, de algún modo, el reflejo de lo que está pasando más lejos, a escala más global. Lo particular, lo cotidiano se convierte, de este modo, en anticipo o arquetipo de lo universal.

2Pero, antes de seguir adelante, debemos contextualizar nuestra respuesta. Porque, aunque «todo esté relacionado con todo», es evidente que no todo tiene el mismo valor. Lo cotidiano refleja y anticipa, en cierto modo, lo universal, pero no todo lo cotidiano lo hace del mismo modo. La pobreza, por ejemplo, es un elemento de lo cotidiano en Kinshasa y en Madrid. Pero los colores que presenta la pobreza en Kinshasa son muy diferentes de los que refleja en Madrid. Aquí no lleva directamente a la muerte; allí, sí. Quiero decir con esto que no todo lo cotidiano es siempre y en todas partes idéntico, y que tampoco está igualmente dotado para emprender la transformación social, política y económica que el mundo necesita. Y más en concreto, el sujeto que aparece en la primera sección de este número de Utopía está marcado por algunas ausencias que debilitan mucho la respuesta.

En primer lugar, aquí no se ofrece una fotografía completa del ser humano y del contexto sociocultural que le afecta en la actualidad. Los rasgos personales y el paisaje que se observa son más bien propios del Primer Mundo, del hombre occidental y europeo, español en definitiva. En segundo lugar, tampoco, dentro de su propio contexto, las preocupaciones que inquietan a este sujeto primermundista son exhaustivas. El ámbito sociolaboral y la guerra, el ocio y el sexo, la vivienda componen un abanico ciertamente real, pero incompleto. Hay preocupaciones y vivencias muy determinantes que se quedan fuera de este puzzle. La atracción por dinero, por ejemplo; las razones de su no participación política y su despreocupación cultural, la pérdida de la experiencia religiosa, entre otras. Tampoco parecen tener el mismo valor y alcance todas las piezas. Las hay globales, como la guerra, y otras que se ajustan más directamente a las preocupaciones de nuestro entorno.

Sin embargo, lo que parece común a todos estos elementos es su ambivalencia. Todos presentan una cara oscura (que llena la mayor parte de la vivencia) y otra más luminosa que apunta hacia unas metas aún no alcanzadas El ocio, por ejemplo, puede llegar a ser un espacio de recreación («estar con otros») y de encuentro, pero, de momento, lo estamos convirtiendo en un negocio. El sexo, otro ejemplo, está llamado a ser una «danza de ternura, de amor y vida», pero en el entretanto lo estamos viviendo entre innumerables tabúes y deformaciones que esclavizan.

3Suponiendo, pues, que este sujeto nos refleja sobre todo a nosotros, se me ocurren dos reflexiones. La primera es sobre la filosofía que sustenta este paradigma, y la segunda, sobre si la vida cotidiana que él refleja es suficiente para cambiar el mundo.

Consciente de estar lanzando piedras sobre el propio tejado, quiero decir que este arquetipo de hombre/mujer me deja muy insatisfecho. No encuentro en él un planteamiento decididamente utópico. Cuando la globalización nos está asomando a todas las ventanas de la aldea global, nos estamos encerrando en los intereses de la propia casa. Parecemos más dispuestos a luchar por los beneficios domésticos inmediatos que por las grandes causas que afectan al mundo global. Nos estamos pegando a un realismo que parece avergonzarse de aquella «inocencia idealista» de entonces. Pensar el mundo en términos de transformación radical parece ruborizarnos. Nos han hecho mella el aparente derrumbe de los grandes relatos (cristianismo liberador, marxismo) y las grandes promesas (Mayo del 68, Vaticano II, Revolución Nicaragüense). Un cierto pragmatismo y un creciente escepticismo ante las grandes utopías parece hoy fuera de duda.

Se nos está imponiendo, pues, lo inmediato, lo posible, lo cotidiano, lo concreto. Como nos recuerda acertadamente J. M. Vigil, nos ha invadido ese posmodernismo que «está de vuelta de las grandes visiones de conjunto, de los grandes proyectos históricos, las grandes utopías y las grandes metas. No cree en ellos. Rechaza los “grandes relatos”. Se refugia en el fragmento: quiere, simplemente, vivir fruitivamente el momento presente (carpe diem), renunciando a grandes ideales y proyectos históricos, resignándose a un “pensamiento débil”… la creciente valoración del placer, del cuerpo, del hedonismo, de la fruición estética…» (Desafíos actuales a la espiritualidad de la Liberación, en www.uca.ni/koinonia/relat/).

Pero ¿es esto suficiente para poner el mundo patas arriba? Antes de nada yo diría que esta devoción por lo cotidiano tiene también su lado positivo. No todo es aberrante. Porque no se puede pensar en la transformación radical de nada sin contar con la realidad. Y lo cotidiano es un factor sustancial de la realidad. Lo cotidiano nos pone en contacto con la realidad social, política, económica, religiosa; lo cotidiano acoge las raíces de la utopía, influye de forma determinante en los procesos de transformación personal y colectivos. Muchos proyectos de transformación radical han fracasado por no partir y contar con la simple y humilde realidad cotidiana. Tampoco sirven de nada los grandes cambios estructurales si no impactan en la realidad cotidiana. ¿De qué y para qué nos servirían?

Dejemos así las cosas por este lado. Ahora quiero mirarlas desde la otra orilla, desde ese lado más oscuro y opaco de la realidad. Porque ésta no siempre ha sido suficiente para transformar las cosas. La acomodación y las fáciles justificaciones han dado habitualmente al traste con las mejores intenciones. Generalmente es mucho más fácil hacer caridad que practicar la justicia, aunque haya que hacer las dos cosas. Por eso es necesario estar en guardia contra una fácil acomodación a lo cotidiano. Puede no ser suficiente para lo que se pretende. Y si de lo que se trata es de transformar un sistema que, como el neoliberal, es injusto con la mayoría de la humanidad y esclaviza a todo el mundo, «nuestro» cotidiano no parece entonces el mejor criterio para definir lo que es justo e injusto, lo que es esclavizante o liberador. Solamente si hacemos de lo cotidiano una lucha por la justicia desde los excluidos, y una praxis de liberación desde los pobres, transformaremos la cotidianeidad en algo éticamente bueno y salvífico. Porque también en lo cotidiano hay mucho que «encubre la ternura y la comprensión, que hace aparecer una abundancia de relaciones de autodefensa, de trampas, de mentiras que convierten lo cotidiano en un comportamiento que no está abierto a la vida» (Ivone Gebara, Conohece-te a ti mesma, Ediciones Paulinas, 1991, p. 24).

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