ENTREVISTA: Concha Melero

Charo Rubio / CCP de Andalucía. Torre del Mar (Málaga)

Que nadie se sienta forastero ante nuestra mirada

Concha, cuéntanos algo sobre cómo fue tu infancia.

Nací en una familia sencilla de pueblo. Soy la más chica de cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Hemos pasado mucho, pero ha sido positivo; lo pasado hay que olvidarlo, tirar palante y ya está. Empecé a trabajar con seis o siete años en el campo, en la aceituna, en los algodones. De primera hora íbamos a trabajar todos al campo. Con esa edad en lo único que me admitían era en la aceituna, a destajo; en los otros trabajos no me admitían porque eran a jornal. Más tarde estuvimos yendo a los cortijos, lejos de casa, por la parte de Jaén. De lo que nos daban no podíamos vivir y lo pasábamos mal; de noche nos teníamos que comer la olla sin pan.

¿A qué jugabas?

Siempre me ha gustado mucho jugar. En el pueblo íbamos a una cantarería y nos traíamos barro para hacer cacharritos. Las muñecas me las hacía yo, de trapo. De chica, como de mayor, he sido bastante feliz con lo que he tenido. Recuerdo una vez que en un cortijo en el que estuve me regalaron una muñeca y la di el mismo día de Reyes a una niña que no tenía, porque yo nunca les he tenido apego a los juguetes. También jugábamos a los cromos; yo siempre tenía una caja de zapatos llena y se los cambiaba a los niños por un canto de pan (trozo de pan en el que se hace un agujero para echar aceite en él) o por chocolate. También jugábamos a la rueda, a los botijos y a otras muchas cosas. Yo creo que era bastante más feliz que los niños de hoy en día, porque lo tienen todo.

Háblanos de la experiencia que tú tienes sobre la explotación del pobre en Andalucía.

En los cortijos la explotación era grandísima. A veces, cuando llegábamos al cortijo, teníamos que sacar el estiércol de una cuadra, porque ahí era donde íbamos a dormir; después la llenábamos de paja y allí poníamos los colchones. Así cogíamos toda clase de enfermedades, por la infección que había, porque el estiércol que teníamos que sacar tenía un metro de altura. Otras veces nos dejaban una sala grande; la cortábamos con mantas para dejar a un lado los hombres y al otro las mujeres, llenábamos los colchones de paja y dormíamos en el suelo.

Otra injusticia era que no nos pagaban lo que era debido. A los catorce años, aunque yo trabajaba igual que un adulto, no me daban el mismo sueldo; además, aquello era una explotación, porque trabajábamos desde que salía el sol hasta que se ponía, pero no ganábamos para comer. Para más sufrimiento, los señoritos, los dueños de las tierras, nos llevaban a los misioneros para que nos hablasen; yo, como cristiana, quería escucharlos, aunque todavía no tenía la idea que tengo hoy de Jesús como liberador; al mismo tiempo que los escuchaba, sentía una irritación grande por cómo vivíamos, y mandaba a tomar viento a los señoritos. Solamente Jesús es el que me ha hecho tirar palante.

¿Cómo te ha repercutido el haber vivido en ti misma la pobreza a la hora de descubrir el valor de las personas?

Yo, será por haber tenido la suerte de conocer de muy joven a Jesús de Nazaret –del que he estado muy enamorada siempre–, valoro a las personas por lo que comparten. La pobreza es casi una riqueza para nosotros, porque babemos sabido compartir bastante mejor que la gente que ha tenido dinero. Íbamos al campo, y si llevábamos una ensalada, la poníamos para todos; la que tenía pan, hacía lo mismo; la que llevaba arenques, igual; y lo sabíamos compartir todo bastante mejor que ahora, porque ahora damos todos de lo que nos sobra y antes dábamos lo que llevábamos. Creo que esos valores se encuentran más en los pobres que en los ricos.

A mucha gente le resulta imposible aceptar el mensaje cristiano cuando ve tanta injusticia en muchos ricos que se dicen cristianos, y en la misma Iglesia. Tú eres muy sensible a la injusticia; ¿qué lucha interior tienes para mantener, a pesar de todo, la fe en Jesús y en la comunidad cristiana?

A lo primero me costó mucho trabajo seguir como cristiana …; mi padre me decía que cómo seguía yendo a la iglesia, pero yo creo que sería porque siempre he estado muy convencida de que hay algo más grande de lo que nos presentan… Mi vida ha sido así, así sigo y así seguiré. Por otro lado, siempre me he unido a las personas que denunciaban la explotación; y si había una toma de tierras, en la época de las luchas del SOC (Sindicato Obrero del Campo, en el que militaba Diamantino), yo iba; y también cuando nos hemos tenido que encerrar, y cuando hemos hecho cosas que nos han ayudado a tener las ideas más claras y a saber lo que queremos. Desde luego, creo que siempre he hecho lo que me ha dictado mi conciencia.

La inmigración nos exige replantear muchas de nuestras comodidades y de nuestras verdades. ¿En qué consiste, para ti, acoger de verdad a un inmigrante?

Para mí es más fácil que todo: tenerle tu corazón abierto, tu casa abierta, tus puertas abiertas, estar luchando, como hemos luchado en Alameda, para que los 60 ó 70 inmigrantes que hay en este pueblo tengan casa, mantas, comida; encuentren puesto de trabajo y el ayuntamiento les proporcione una vivienda donde cobijarse. Y, además de todo eso, estar dispuesta para lo que necesiten de mí.

El Evangelio habla de muchas cosas y en él se ven muchas actitudes de Jesús. Si tuvieras que quedarte con dos o tres de esas actitudes y pensamientos de Jesús, porque te han influido más en la vida, cuáles señalarías?

Hay que ser como Él, sencillo, pobre y humilde como Él fue. Son las actitudes que yo he conocido, y en eso pienso seguir.

Yo antes, aun siendo creyente, no conocía el mensaje liberador de Jesús. Siempre he sido una persona que buscaba y he intentado encontrarme con algo. A lo primero protestaba cuando iba a la iglesia y, al mismo tiempo, estaba trabajando para esos terratenientes que nos pisoteaban; pero yo encontré a personas –como Andrés Alfambra, Benito Acosta, Manolo Hernández, Diamantino García, Bonifacio Guzmán y mucha más gente– que me hicieron poner la mano en el carro y tirar para adelante; ellos fueron los que me hicieron descubrir a Jesús de Nazaret, y con Él es con quien pienso continuar.

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