ATISBOS DE UNA SOCIEDAD NUEVA

José María Yagüe Sacerdote de Salamanca

Os habrá pasado a muchos. Cuando hablamos de valores y comportamientos evangélicos, por ejemplo desprendimiento, veracidad, fidelidad, confianza…, la respuesta es común: eso es imposible hoy; si vives así, te machacan; eso valdría para los tiempos de Jesús, pero ahora…

Cuestión de perspectiva. Lo digo con un ejemplo geográfico. Lima es una ciudad sobre el Pacífico. Por arte y desgracia, en este caso, de las corrientes marinas, durante meses no se ve el sol. Ni siquiera llueve, sólo cae una fina y molesta garúa que encharca hasta los pulmones. Pero el smoc no sólo ensucia las fachadas sino que hace insano el ambiente. El cielo es color «panza de burra», gris oscuro, aburrido, agresivo, hostil. Pero basta alejarse unos kilómetros en cualquier dirección, sobre todo hacia la altura, para alegrarse con un sol espléndido, limpio y descontaminante.

Nuestra mundo presenta la apariencia de un horizonte sombrío y plano, de «panza de burra». Las corrientes económicas y financieras, periodísticas, de los partidos políticos, el pensamiento único, la globalización financiera, los pesimismos de las iglesias… ni permiten atisbar el sol del Evangelio ni refrescarse con la lluvia de valores que produzcan frutos de vida.

Pero ¿es esa toda la realidad? No. Todo es cuestión de perspectiva. Habrá que ver menos la televisión y más la vida misma; fijar menos los ojos en las dirigencias y observar más a las personas de la calle; no confundir las estúpidas crónicas con nombres de otros planetas con el trabajo y la lucha de los hombres y mujeres que están a pie de obra cada día y cuya vida no es cronicada; y, por supuesto, animarse a aparcar el consumo y aprender del modo de vida de los que saben esperar y luchar sin consumir o consumiendo muy poco, porque no hay para más.

Entonces, y sólo entonces, iremos aprendiendo que sí es posible, además de gratificante y fecundo, vivir de esa manera nueva. Señalo cuatro valores que apuntan a la nueva sociedad inspirada en el Evangelio.

Se puede llamar de muchas maneras: autenticidad, atención a lo interior, sanar el corazón, coherencia entre el pensar, sentir y obrar… Jesús dice al respecto: «No hagáis las cosas para que os vea la gente, sino para que os vea mi Padre, que está en los cielos». Lo que siempre fue importante hoy es urgente: recuperar el ser frente al aparecer. La cultura de las apariencias, de la pura imagen, de los signos externos (de riqueza, poder, influencia o lo que sea) tiene que dar lugar a una cultura en la que nos valoremos a nosotros mismos y a los demás por la interioridad, por la integridad de la vida y no por las máscaras del personaje que nos toca interpretar. Dicho de otro modo, que la vida sea nuestra, que no nos la hagan. Y si esto vale para todos, mucho más para los hombres públicos, sean políticos, sacerdotes o cualquiera que vive de cara al público. Las personas auténticas, que las hay, nos iluminan y alientan.

Nos decía un obispo argentino no hace mucho que en Argentina lo que ha fallado es la cultura del trabajo. Cuando muchos argentinos cayeron en la cuenta por los años 70 de que trabajando nadie se hacía rico, dejaron de trabajar. Y ahí están los resultados. El ser humano es «homo faber», fabricante. Sea poeta o filósofo, médico o pastor, barrendero u oficinista, el ser humano aporta algo nuevo al mundo y construye la solidaridad humana mediante el trabajo. Son sospechosas cualesquiera confesiones y proclamas de solidaridad si no se sustentan por la más básica: el trabajo bien acabado, útil para los demás. La cultura del pelotazo, de acabar la obra cuanto antes para cobrar, de salir del paso; en una palabra, de la chapuza a gran escala…, se sustenta con la demagogia, pero impide todo progreso. Por más que entre los autodenominados progresistas también abunden estos comportamientos.

Y, sin embargo, la eficacia y la inmediatez no lo es todo. La contradicción en que se debate la modernidad (desde el siglo xix) es la incompatibilidad entre sus ideales humanistas (libertad, igualdad, fraternidad) y sus ideales económicos. El capitalismo, el neoliberalismo después y la globalización actual contradicen, incluso teóricamente, los ideales proclamados, porque las razones económicas están por encima de todo. «El sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado». Si ni siquiera las leyes divinas están por encima del bien del hombre, porque la Ley de Dios es dar vida al hombre, cuánto menos las leyes económicas. En otras palabras, y más tajantes: que los sistemas económicos, aunque sean los únicos existentes y aunque hayan causado algún progreso en otros tiempos, pero que hoy producen las injusticias y la muerte lenta de gran parte de la humanidad, por carencias de lo más esencial, mientras se produce la acumulación de la riqueza en unos pocos, esos sistemas –digo– son injustos y hay que pensar en alternativas. Y que esas alternativas no pueden dejarse manipular ni por los revientamanifestaciones ni por los cómodos y acríticos panegiristas del sistema imperante.

Y cuarto: trascendencia. ¿Quién ha dicho que estamos «sin noticias de Dios»? ¿Quién dice que Dios ha muerto? ¿Y quién dice que Dios está silencioso? Nada de eso. Lo que ocurre es que ahora estamos en mejores condiciones para aprender que hay que buscarlo en la dirección y en el lugar adecuados. «La gloria de Dios habita en las tinieblas», decía Salomón. El asunto está en nosotros. Resulta que «Dios estaba ahí y yo no lo sabía». ¿Dónde encontrar a Dios? Acercaos de verdad, con empatía, a los pobres, a los sencillos y seguramente que lo encontraréis. Y «vuestra tiniebla será mediodía».

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