SACUDE LOS CAPITELES PARA QUE TIEMBLEN LOS DINTELES

Son palabras del profeta Amós, censor infatigable de la falsa estabilidad de un pueblo, el pueblo de Israel y sus dirigentes, que, a la vez que dicen alabar a Dios con cantos y sacrificios, «aplastan al pobre y eliminan a la gente humilde».

Del terrorismo de Al Qaeda sólo quiere recodarse que ataca las bases de la civilización y, por tanto, desestabiliza nuestro cómodo sistema capitalista y globalizado. Condénese cuanto se quiera los brutales métodos terroristas. Pero no se condenen ni nos conduelan menos los repetidos actos de aplastamiento y eliminación de los pobres ejercidos por los que tienen el poder, las armas, la cultura, los medios técnicos y «la razón». ¿Qué razón? La de un mundo que ha enriquecido a unos pocos a costa de la miseria de las mayorías. La de una «contemporaneidad» que en sólo 200 años ha hecho que el abismo entre los países ricos y pobres pase de la proporción 3 a 1 a la proporción 71 a 1.

Desde la fe cristiana no sólo no hay que temer sino más bien hay que desear, y ardientemente, un cambio y una transformación, llámese revolucionaria o como se quiera, de un «desorden establecido», que produce tan funestas consecuencias de miseria, hambre, exclusión y violencia en una gran parte de la población mundial. No buscar alternativas y conformarse con el actual sistema único es negarse a leer el Evangelio en su entraña profética y transformadora de la realidad social. Es también negarse a entender el sentido histórico y el porqué de la Cruz de Cristo.

Ni ligera ni gratuitamente un grupo de obispos y sacerdotes latinoamericanos dicen estas duras palabras: «la indebida transformación del clamor por la justicia en actos de venganza y represalia con bombardeos contra Afganistán es igualmente terrorismo, practicado por gobiernos que se presentan como democráticos, civilizados y cristianos». Y más adelante, citando al Vaticano II: «Cualquier acción bélica que lleva a la destrucción indiscriminada de ciudades enteras o de vastas regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y el propio hombre, que debe ser condenado con firmeza y sin dubitaciones» (G.S. 47,9).

No hay que dejarse engañar. La guerra ha sido un acto de venganza y no de justicia. Lo que se ha puesto en juego son los intereses económicos de EE.UU. y la estabilidad del sistema, la confrontación cultural, el orgullo herido, el miedo… Todo ello se ha adobado con la consabida manipulación religiosa y con unos supuestos principios morales que lo falsean todo y son simples cortinas de humo para ocultar lo que a toda costa quiere esconderse: entre otras cosas, favorecer la industria de las armas en tiempo de recesión económica y mantener la primacía mundial con el único argumento de la fuerza.

Los Estados europeos han aplaudido, con mayor o menor fuerza, pero aplaudido al fin, las medidas norteamericanas. Con razón se habla de «la soberanía engullida».

Mientras tanto, en estos días, hablamos de paz. Y el Papa nos acaba de decir: «No hay paz sin justicia ni justicia sin perdón». Pero seguiremos con nuestros rezos y canciones de Navidad, a la vez que con un pesimismo y una desesperanza que recorren transversal y verticalmente a la sociedad y a las iglesias. Porque no podemos restaurar la confianza y las ganas de vivir mientras nuestras oraciones no sean más sinceras y comprometidas, mientras nuestras relaciones laborales no sean realmente más justas, mientras que mantengamos a un parte de la población en régimen de exclusión, sin que partidos ni sindicatos burocratizados (al servicio de unas élites trabajadoras) hagan nada –aparte de demagogias– por cambiar un sistema injusto en sí mismo.

La patente involución de la Iglesia, sin afrontar las cuestiones esenciales, enclaustrada, conservadora en las formas externas, con querencia a resucitar el barroquismo litúrgico, anacrónica en el uso de vestimentas y títulos, poco atenta a la marcha de la historia y –lo que es peor– alejada en general de sus fuentes (la Sagrada Escritura) produce cansancio y desilusión entre sus propios miembros y un distanciamiento crítico, cada vez más agresivo, de la sociedad en general.

¿Son estas líneas una nueva llamada al pesimismo? Bien al contrario. Pero sabemos que la confianza no se restaura con un optimismo ingenuo. Pasa por dos identificaciones: con Cristo y con la sociedad (inculturación como forma de encarnación). Es decir, pasa por la mirada al pesebre, al pobre, al excluido, al nacido fuera de la ciudad; es decir, por una fuerte identificación con Jesús de Nazaret. Y pasa por el compromiso con la sociedad. No podemos estar pasivos esperando que los partidos y los sindicatos lo hagan todo y hagan un mundo a su medida. La sociedad civil, en su conjunto y a través de muchas de sus organizaciones, ha de hablar. Los cristianos hemos de estar ahí y manifestar nuestro proyecto. Si no, ¿qué sal o qué levadura somos?

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