Raquel Mallavibarrena
El día a día para muchos de nosotros, especialmente los que vivimos en grandes núcleos de población, apenas permite ver los hechos de la vida en perspectiva ni pararse a pensar críticamente sobre las realidades sociales, laborales, familiares, etc., en las que estamos inmersos. Hay que hacer un esfuerzo para buscar intencionadamente ratos de sosiego en el complicado horario al que nos enfrentamos cada mañana.
Es común la sensación de que nuestro quehacer cotidiano está gobernado por unos imperativos que no cuestionamos. Y llega un momento en el que ya nos parecen normales, o por lo menos inevitables, situaciones que en otros tiempos resultaban inadmisibles. Todo lo relacionado con la precariedad laboral no sólo económica, sino principalmente en las condiciones que regulan los empleos, es especialmente significativo. Ante tanta contrata y subcontrata, ante tanta empresa en quiebra o fusionada, la responsabilidad queda diluida, y parece que no queda otra que aceptar la situación con tal de no perder el puesto de trabajo.
Otro tanto puede decirse de situaciones sociales o políticas, desde el ámbito más local y cercano a nosotros hasta cuestiones internacionales de gran calado. Estamos de vuelta de huelgas, sindicatos y partidos políticos. Personalmente he podido constatar cómo personas que en otros tiempos militaron en esos colectivos y se fueron desencantadas o quemadas, buscan ahora en los llamados movimientos antiglobalización un espacio adecuado para continuar en la brecha.
Me parece especialmente preocupante que esa idea, tan extendida, de que no merece la pena luchar porque no se va a solucionar nada esconda un cierto porcentaje de acomodamiento, a veces justificado por un buen estatus socioeconómico, y que, a fin de cuentas, tememos perder más de lo que pudiéramos ganar si nos metemos en luchas inciertas que no se sabe cómo ni cuándo acabarán.
Da la impresión, en definitiva, que nos animan a ir a toda prisa por unos carriles que supuestamente nos llevarán a ser más felices, y acaso en el camino se van quedando valores solidarios, la dignidad de las personas y las opciones más libres que éstas puedan elegir. Se desdibujan con rapidez nuestros planteamientos más profundos sobre las personas y la vida en general, y ya no queda claro lo que tiene sentido o no lo tiene.
Son muchos los interrogantes que podemos hacernos como personas y como creyentes; ojalá que su misma formulación sea ya un paso adelante:
– ¿Es realista pensar que estos carriles pueden derribarse en un mundo tan férreamente globalizado?
– ¿Qué testigo podemos pasar los adultos desmovilizados a unos jóvenes acusados con frecuencia de excesivamente pragmáticos y pasivos?
– ¿Cómo recuperar la conciencia crítica y de lucha ante la crisis de las militancias más clásicas y de las ideologías?
– El surgimiento, más o menos reciente, de movimientos, colectivos, plataformas, ONGs… ¿puede ser alternativa real,o al menos instrumento para crear conciencia crítica en los ciudadanos de un país?
– Las movilizaciones de estos últimos años (0,7, Deuda Externa, Antiglobalización, SINTEL, manifestaciones contra la LOU…) ¿pueden ser germen de algo más continuado y sólido?
– ¿Cómo hacer presente la utopía del Evangelio en esta sociedad del siglo xxi, tan condicionada por la economía de mercado y el neoliberalismo?

