Los inmigrantes entre el apoyo y la xenofobia.

La integración de los inmigrantes en la sociedad española depende, en primer lugar, de sus recursos económicos: no encuentran especiales problemas los empresarios y técnicos cualificados, generalmente originarios del Primer Mundo. En cambio, encuentran muchos problemas los trabajadores poco cualificados y con frecuencia sumergidos, procedentes mayoritariamente del Tercer Mundo.

El inmigrante del Tercer Mundo no vive en familia, lo que plantea a medio plazo la reagrupación familiar (traer a su cónyuge, hijos, etc. desde el país de origen). Esto ocurre más en los provenientes del África Negra, Filipinas y América Latina.

Son pocos los inmigrantes que consiguen el acceso a una vivienda en propiedad y muchas veces les resulta difícil acceder a un simple alquiler por falta de medios o por rechazo de los propietarios a aceptarlos en sus casas. Casi un tercio se ve afectado por diversas formas de hacinamiento (más de una persona por habitación de la vivienda), lo que ocurre con mayor frecuencia entre los marroquíes y centroafricanos.

Según diversas encuestas aplicadas a trabajadores del Tercer Mundo residentes en España, la mayoría de ellos percibe una remuneración que se halla por debajo del salario medio español. Aplicando los umbrales de pobreza utilizados en la Comunidad Europea, casi la mitad de los inmigrantes regularizados en 1991 eran “pobres” (renta inferior a la mitad de la media).

La integración de los inmigrantes en la sociedad española depende, en primer lugar, de sus recursos económicos: no encuentran especiales problemas los empresarios y técnicos cualificados, generalmente originarios del Primer Mundo; en cambio, encuentran muchos problemas los trabajadores poco cualificados y con frecuencia sumergidos, procedentes mayoritariamente del Tercer Mundo.

Condiciones de trabajo

Los inmigrantes en situación precaria combinan épocas de desempleo con otras de trabajo, generalmente temporal. Las ocupaciones más frecuentes son las siguientes:

  • Jornaleros agrarios: presentes en todo el levante mediterráneo, desde el Maresme catalán hasta el triángulo andaluz de El Ejido-Roquetas de Mar-Almería, pasando por las comunidades autónomas de Valencia y Murcia.

Condiciones de vida

Los inmigrantes en situación precaria constituyen uno de los colectivos con mayores problemas sociales en la España actual. Esto se puede comprobar tanto por indicadores objetivos de su bajo nivel de vida (trabajo, seguros sociales, renta y ahorro, vivienda, etc.) como por indicadores indirectos (sensación de rechazo social, inseguridad jurídica, miedo a la policía, nacionalismo xenófobo en algunos sectores de la opinión pública española, etc.).

Más de la mitad de los inmigrantes adultos del país predominan los originarios de Marruecos y del África negra, con frecuencia padres de familia o hijos mayores de cuyo salario depende la supervivencia de otras muchas personas. En la frontera con Portugal también se aprecia, desde hace varias décadas, la presencia estacional de jornaleros agrarios provenientes del país vecino: temporeros en las Vegas del Guadiana, La Vera y Valle del Jerte; criados en las pequeñas propiedades agrarias del sur de Galicia, etc.

Vendedores ambulantes: También presentes en toda la geografía española, probablemente en función de la capacidad de consumo que tienen las diversas regiones y ciudades. Las imágenes más extendidas pueden ser la del marroquí vendedor de alfombras o relojes o el gambiano que extiende sus objetos de madera en la acera. Pero la diversidad de modalidades es extraordinaria e inventa continuamente nuevas formas, desde chiringuitos en fiestas a escenificaciones ambulantes en el caso de los latinoamericanos.

Empleados no cualificados en el comercio, la hostelería y la restauración: Sea como dependientes, cargadores, camareros, cocineros o personal de limpieza. Las situaciones son también muy diversas, desde los trabajos de temporada en las zonas turísticas hasta los restaurantes chinos en todas las ciudades importantes o los más de 500 bazares indios en Canarias, Ceuta y Melilla. En estos casos, los propios empleados extranjeros buscan personal de su cultura de origen, que les sale mucho más económico y adaptable a sus costumbres.

Peonaje de la construcción, minería y de pequeñas industrias (textil): Con carácter eventual y frecuentemente irregular, son utilizados normalmente cuando escasea la mano de obra autóctona, pero a veces, aunque no se dé este extremo, por pequeños industriales o por subcontratas de empresas más grandes. Por su origen, estas personas son principalmente marroquíes y, en segundo lugar, latinoamericanas.

Servicios domésticos: Donde prevalecen las empleadas de hogar internas, aunque hay también trabajadoras externas y por horas, así como jardineros, chóferes y demás servicios que se prestan en los hogares. Esta es la ocupación más frecuente entre las mujeres inmigrantes del Tercer Mundo, si bien hay diferencias muy grandes según los países de origen. Así, de América Latina sólo destacan tres (República Dominicana, Perú y Colombia) mientras se trata de un empleo muy frecuente entre filipinos y relativamente importante entre portugueses y marroquíes (sobre todo en Ceuta y Melilla, donde su número se estima por encima de las 7.000 personas).

Estos cinco sectores de actividad ocupan sin duda a una gran parte de los extranjeros pobres que llegan a España. Se trata de empleos cuya fragilidad laboral y jurídica les coloca en grave riesgo de precarización social, sumergimiento económico y chantaje por parte de empleadores con pocos escrúpulos. Precisamente esa situación de precariedad, que les lleva a frecuentes períodos de desempleo y escasez, es el origen de que una parte de ellos, sin duda la minoría, acabe adoptando soluciones extremas como la mendicidad, la prostitución, el hurto o el tráfico de drogas.

Entre la acogida y la xenofobia

Junto a la marginación económica, también influyen en el grado de integración social consideraciones de tipo étnico y cultural, aumentando la discriminación a medida que el extranjero se aleja del prototipo normalizado de raza blanca y cultura occidental. Los extranjeros más apreciados son, por distintas razones, los europeos y los latinoamericanos; en el extremo contrario, varias encuestas constatan que son los gitanos (a pesar de ser españoles), los árabes y los negros, por este orden, los colectivos más rechazados. En la actitud de los españoles intervienen también componentes de tipo ideológico: los conservadores y personas de bajo nivel cultural tienden a adoptar un planteamiento nacionalista que excluye a los extranjeros, mientras los progresistas y personas de mayor cultura se apuntan a un planteamiento más universal que tiene en cuenta los lazos históricos de España y las desigualdades internacionales. De todos modos, el rechazo también se produce por problemas de competitividad en el mercado de trabajo, prejuicios culturales, etc. Así, hay parados, trabajadores sumergidos o madres de jóvenes sin empleo que adoptan actitudes xenófobas, aunque voten “izquierdas” y tengan estudios secundarios, etc.

Por parte de los propios inmigrantes, los árabes y los negros se sienten más discriminados. Conviene destacar el caso de “los moros”, cuyo rechazo tiene hondas raíces históricas (expulsión de los moriscos, guerras de África, prejuicios populares contra el Islam, etc.). Como colectivo, los marroquíes presentes en España se sienten en general marginados, como si se les hiciera el vacío a su alrededor, pese a lo cual la mayoría se resigna con su suerte ya que el horizonte de vivir en Marruecos es todavía peor.

Desde el plano jurídico, la ley distingue netamente entre extranjeros regulares e irregulares. A los primeros les equipara, salvo en derechos políticos (votar y ser elegidos), a los ciudadanos españoles (más en la teoría que en la práctica ya que diversas prestaciones sociales de vivienda, formación profesional, etc., se condicionan a tener la ciudadanía española); a los irregulares se les niega todo derecho y se les trata como sospechosos y peligrosos. A causa de esto, la regularización fue el objetivo principal de los colectivos y organizaciones que han apoyado en España la integración social de los inmigrantes. Así, al tener el inmigrante derecho a unas prestaciones sociales, se evitaría la formación de ghettos marginales que generan un incremento de la xenofobia.

Los medios de comunicación social tienden a resaltar la xenofobia existente en la sociedad española y a veces se utiliza este argumento para justificar una política de inmigración restrictiva. Sin embargo, las encuestas existentes sobre dicho tema indican, más bien, que el umbral de tolerancia de los españoles es bastante grande. Según un sondeo del Centro de Investigación Sociológica, dos de cada tres españoles son partidarios de “arreglar la situación de los inmigrantes legales para que puedan permanecer en el país”; del mismo modo, tres de cada cuatro encuestados consideran que “España debe acoger a las personas de cualquier nacionalidad que pidan refugio político”. Sin embargo, en contraposición a las anteriores opiniones solidarias con los extranjeros, el 86% de los españoles se mostraba “de acuerdo con las medidas que está tomando el Estado español para limitar la entrada de emigrantes en busca de trabajo”.

Para terminar, vale la pena recordar que el 80% de los españoles consultados en una macroencuesta europea eran partidarios de la siguiente afirmación: “Los derechos de los inmigrantes a la educación, al trabajo, a la igualdad, al respeto a la vida privada, a la integridad física, a la religión y a la propiedad deben ser respetados siempre y bajo cualquier circunstancia” (Comisión de las Comunidades Europeas, Eurobarómetro sobre la opinión pública de la Comunidad Europea en torno al Racismo y Xenofobia, Bruselas, 1990).

Carlos Pereda (Colectivo loé)

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