Aportaciones éticas para otra globalización
Jesús Bonet Navarro
Hacemos esta reflexión en el contexto de la Asamblea Jubileo 2000, marcada por su lema «Vivir de otra manera» y su aproximación física a los excluidos, especialmente los emigrantes; nuestra lectura atenta al Cuaderno Nº 5 de CPS, en el que J. M. Castillo y Jaume Botey nos hablan de «La Iglesia, los pobre y la Justicia», y nuestras discusiones sobre los textos de Ivone Gebara en el seno del pequeño grupo de Reflexión Teológica.
¿Quién define lo que éticamente está bien?
Se sienten escalofríos cuando se oye hablar a Bush de justicia infinita, de libertad perdurable o de país modelo de democracia. A uno le entran todas las dudas del mundo: ¿qué entenderá este señor (tan amigo de la pena de muerte) por justicia, por libertad o por modelo de democracia?; ¿de qué libertad hablará y para quién será esa libertad? Ya antes se le ponían a uno los pelos de punta cuando Clinton (él, precisamente) afirmaba, sin que se le subieran los colores a la cara, que Estados Unidos era, nada menos, que modelo de referencia ética válida para todos los países en el nuevo orden mundial. Y uno ya se preguntaba entonces: ¿de qué orden hablará?, ¿a qué le llamará ética este personaje? Pero aún se queda uno más perplejo con el final de muchas intervenciones en público de los susodichos políticos (a veces, después de anunciar bombardeos o de discriminar a pueblos enteros): God bless América (Que Dios bendiga a América). ¿Que Dios bendiga a América?; y a los demás… ¿que los parta un rayo?; ¿de qué Dios hablará?, ¿tal vez de ese al que están dedicados los billetes de dólar, In God we trust (Confiamos en Dios)?
Las preguntas sobre quién define lo que éticamente es aprobable o reprobable no paran de llover: por ejemplo, -quién decide que, por un lado, los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York son terrorismo y que, por otro lado, un embargo económico a todo un país al que se está matando, o la muerte de decenas de miles de personas cada día en el Tercer Mundo, o la guerra para conseguir el control de los recursos naturales de la Tierra (aunque sea machacando –eso sí, en legítima defensa– a personas) no son terrorismo?; ¿quién decide que unos muertos lo están por haber sido asesinados y otros, por el contrario, lo están porque son, simplemente, necesarios daños colaterales?; ¿quién tiene derecho a poner unos nombres u otros a las situaciones, a las personas o a las cosas, según el lado en que se encuentran?; ¿deben existir los social, económica y éticamente intocables?
Ninguna ética es imparcial
Toda ética presupone una interpretación de la realidad; y toda interpretación depende del lugar donde nos situemos y, por consiguiente, de la perspectiva que tengamos. Por eso, toda ética se hace desde alguna parte, y eso ya no es im-parcial. La ética no es una simple lista de principios y normas de comportamiento; es un modo determinado de mirar la realidad del que se deducen consecuencias prácticas muy concretas.
Por ejemplo, desde la perspectiva de la globalización del poder (político, económico, mediático, militar o de los servicios secretos) se defiende una ética que trata de igualar el modo de pensar para mantener la desigualdad real y, por consiguiente, la sumisión de los excluidos del poder. Está claro que la ética de los poderes fácticos nunca será fiable para definir lo que es bueno o lo que es malo para el ser humano como persona; no como célula de producción o de consumo. Con esa ética en la mano puede hacerse terrorismo económico o puede eliminarse cualquier tipo de democracia (participación del pueblo en el poder) o puede llamarse política a la forma más astuta de mantener el poder engañando o reprimiendo al que disiente.
¿Cómo somos, a veces, tan tontos que creemos a quienes desde esa perspectiva se llenan la boca con palabras tan sagradas como vida, libertad, justicia, solidaridad, pueblo, responsabilidad, democracia…, cuando esas palabras de su discurso no tienen ningún contenido práctico verdadero y presuponen una ética autista, manipuladora y autocrática?
Si queremos cambiar algo, tendremos que comenzar por elaborar la ética desde otra parte. Y para situarnos en esa otra parte habrá que superar lo que Eduardo Galeano llama “crisis universal de la fe en la capacidad humana de cambiar la historia”; es decir, crisis de la confianza en poder hacer las cosas desde otra parte.
¿Derechos humanos, derechos de Alá o derechos de quien tiene la sartén por el mango?
Ni el dogmatismo de la globalización del poder ni el dogmatismo de los movimientos fundamentalistas de cualquier tipo van a aportar ninguna solución ética válida. Sin justicia para los pobres no habrá libertad perdurable ni paz perdurable. La pobreza es el explosivo más potente contra la paz. A unas formas de lucha (atentados o no) seguirán otras, por muchos escudos antimisiles y muchos controles que haya. El hambre y la desigualdad no van a admitir discursos retóricos ni fronteras legales o geográficas. Y ése es el punto de partida del asunto: o salimos del ombligo autista euro-yanqui-japonés o no habrá paz.
Por eso buscamos una ética civil universal que tenga unos mínimos asumidos por todo el mundo; una ética
- que integre en todas partes los derechos humanos de primera generación (que ya se reconocieron en la sociedad liberal: derecho a la vida, a la libertad de expresión, etc.), los de segunda generación (impulsados por el pensamiento socialista: vivienda, cultura, jubilación, paro, etc.) y los de tercera generación (que no están escritos en ninguna parte, pero que es urgente reivindicar: derecho a nacer y vivir en paz, disfrutar de un mundo no contaminado, etc.);
- que sea dialogante y que recoja el pluralismo de enfoques de la vida moral, sin que ninguna institución política o religiosa se arrogue la posesión de la verdad absoluta y, mucho menos, el derecho a imponerla;
- que no acepte que el nivel de vida es lo mismo que el nivel de consumo, ni que la calidad de vida equivale a la cantidad de objetos que se poseen;
- que no diga que, en nombre de la justicia, sacrifica la libertad de las personas, o que, en nombre de la libertad, sacrifica la justicia un día tras otro;
- que no permita que los excluidos coman promesas y paternalismo de los privilegiados;
- que acepte las aportaciones fundamentales de las tradiciones religiosas y morales para llegar a acuerdos, vinculantes para todos, que den a luz otra cultura moral de no violencia, de solidaridad, de tolerancia y de igualdad real de oportunidades;
- que esté pensada también por cabezas femeninas, y no sólo por masculinas, porque, seguramente, otro gallo nos cantará;
- que llame terrorismo al hecho de permitir que la mayor parte de la humanidad viva en la pobreza, mientras una minoría mantiene o aumenta su bienestar;
- que se declare intercultural y no etnocéntrica o racial;
- que recupere y asuma la dignidad de la tierra y no justifique, en nombre de ningún supuesto progreso, el desprecio de la naturaleza;
- que obligue a todos (incluidos el BM, el FMI, las multinacionales que trabajan con los genes de la vida, los fabricantes de armas, los servicios secretos de inteligencia, los políticos, las petroleras y los que controlan los medios de comunicación);
- que sea crítica, capaz de someter a análisis y a comprobación el uso que se hace de las palabras mágicas con las que a todos nos gusta llenarnos la boca: Paz. Justicia. Libertad,…;
- que ayude a solucionar conflictos hablando, y no bombardeando;
- que deje bien claro que el cuerpo, la sexualidad y la sensibilidad no son esclavos de un patológico espiritualismo;
- y –citando otra vez a Eduardo Galeano en su irónico Curso de injusticia, de la obra Patas arriba– una ética que tenga en cuenta que “lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar que hemos ido descubriendo a lo largo de miles de años”.
Así pues, comencemos a pensar y practicar esta ética desde otra parte, porque eso es ya empezar a cambiar la historia.

