Evaristo Villar
Apocalipsis tercer milenio
Las Torres Gemelas en llamas son la imagen viva del Apocalipsis. Se consumen como estopa, se derriten como cirios, se derrumban como castillos de naipes. Una magia secreta hace emerger, desde la entraña misma de esa masa densa de humo, al mismísimo Satanás. Las apañadísimas imágenes servidas a todo el mundo por Internet así lo han visto.
A partir de aquí todas las falanges del bien se han dispuesto a librar “la madre de todas las batallas” contra Satanás: que la cruzada la lidera un experto en ejecuciones de penas de muerte, no importa: que se cuentan entre las filas del bien absoluto personajes de tan reconocida notoriedad por sus carnicerías humanas en Chechenia, Paquistán o Palestina tampoco levanta mayor inquietud. Estamos ante el final de la historia y todas las falanges del bien son necesarias.
Se trata del Apocalipsis, versión Norte y Occidental, del comienzo del tercer milenio. Una situación que nos hace regresar al más puro “darwinismo cósmico”. Desde ahora, aun por encima de la globalización económica, se impone la globalización de la venganza, de la inseguridad, del miedo, del terror. Y es preciso preguntarse en estas condiciones si no será vano y hasta sacrílego preguntarnos por el futuro de la esperanza ¿No nos estará cegando, como en tantas otras ocasiones, un optimismo apresurado? ¿No serán nuestras utopías simples fabulaciones de paraísos ruinosos, sin futuro? ¿Estaremos siendo víctimas de un nuevo espejismo? En todo caso, no deberíamos salir de la pista que nos abren preguntas como ¿en qué esperar? o ¿quiénes tienen derecho a esperar?
La quimera de una esperanza razonable
La esperanza, para mantenerse en pie, ha tenido que ir sorteando muchas sirenas. Tarde llegó a comprender la especie humana que su asimilación al modelo cósmico, o imitación de la naturaleza, no era precisamente su realización más cabal. Sus deseos y representaciones superan las limitaciones que le impone el puro instinto. El descubrimiento de la ley como vínculo regulador de la interacción humana supuso un avance considerable.
Por otra parte, su orientación hacia lo último ha sido otra fuente indiscutible de esperanza. Encontrarle un sentido al caos que, aun a pesar de la ley, generan las acciones humanas y descubrir su convergencia hacia un final positivo ha sido otra de sus mayores apuestas. En busca de un sentido inmanente, inscrito en el devenir mismo de la naturaleza y de la historia, se han levantado verdaderos monumentos de la creatividad humana. Cito, como muestra, sólo algunos.
“La mano invisible”, de Smidt, que hace que el interés propio, perseguido tenazmente por el individuo, redunde finalmente en beneficio de todos, es un esfuerzo indudable por mantener razonablemente la esperanza en el éxito final. Y este optimismo se mantiene contra las mismas apariencias. Enmanuel Kant prende la esperanza en lo que él llama “insociable sociabilidad” humana, es decir, esa tensión que se genera en el ser humano como consecuencia del choque entre la tendencia de su naturaleza, que lo impulsa a singularizarse (insociabilidad), y su propensión racional que lo arrastra a asociarse con los de su misma especie (sociabilidad). Esto genera un conflicto permanente que acaba resolviéndose en la constitución de una sociedad según derecho y en una historia razonable. El optimismo de Hegel se apoya en la “astucia de la razón” que hace trabajar lo negativo, hasta las mismas pasiones, en pro del sentido positivo de la historia en la manifestación del Espíritu.
“No hay mal que por bien no venga”, diríamos nosotros a la vista de estas propuestas de esperanza. Todo, naturaleza e historia, converge hacia un final positivo. Pero, desde las manchas de sangre que vamos descubriendo en el camino, necesitamos preguntarnos, ¿ofrece esta propuesta racional atención suficiente a “los sacrificados y abandonados”, a los que se van quedando antes del final? Ch. Duquoc responde con palabras de Jüngen Habermas: “La filosofía no puede reemplazar el consuelo mediante el que la religión ilumina con otra luz y enseña a soportar el inevitable sufrimiento y la injusticia no expiada, las contingencias de la desgracia, de la soledad, de la enfermedad y de la muerte… Desde esta perspectiva, quizás pudiera decirse: salvaguardar un sentido incondicionado sin Dios es una quimera” (Creo en la Iglesia, Sal Terrae, 2001, p. 217).
“Razón cristiana” de la esperanza
No obstante, C. Marx no considera necesario acudir a la trascendencia para hacer justicia a las víctimas. Porque ni la pobreza ni la dependencia, fuente de casi todas las miserias, son una necesidad, sino una contingencia, fruto de nuestra mala organización de las relaciones de producción. Y, puesto que somos nosotros los causantes de esta situación, nosotros mismos podemos transformarla mediante la lucha de clases y liberar así la historia de su actual esclavitud.
Pero, a pesar de Marx, estas grandes construcciones mentales tampoco han producido las mejoras sociales y el acceso a las libertades esperadas. Mucha gente, y también los cristianos, pendientes siempre de una Promesa, estamos asistiendo al cuestionamiento de muchas de nuestras certezas. ¿No será la Promesa una quimera y la esperanza un espejismo? ¿No nos estará cegando un futuro que no existe? En realidad, ¿qué esperamos o de dónde prendemos nuestra esperanza?
A la vista de los datos bíblicos, el desplazamiento de la Promesa hacia un futuro no previsible aparece como una constante. La tierra que mana leche y miel y la bendición de todos los pueblos en la descendencia de Abraham siempre se va diferiendo al futuro: ni Abraham ni luego Moisés la vieron cumplida más que en la fe, que “es garantía de lo que se espera” (Hb 11,1).Tampoco los discípulos recibieron del resucitado mayor concreción cuando le preguntan: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel (Hch 1,6)”? El desplazamiento de la Promesa es certificado abiertamente por la carta a los Hebreos: “En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas” (11, 13)”.
La frustración que esto supone se va paliando, según la Biblia, en un largo proceso de transformación en el que predominan dos tendencias mayores: el trueque de objetivos y la sustitución de mediadores. En la primera tendencia se va pasando, paulatinamente, en la línea del primer mandamiento, desde lo anunciado al anunciador, o más concretamente, se va haciendo el trueque entre los bienes anunciados (la tierra, la descendencia, el Reino) y Dios que se da a sí mismo de inmediato y que se hace más deseable que sus propios dones. Así se entiende mejor aquel soneto del siglo xvi atribuido a Santa Teresa: “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido/… Tú me mueves, Señor…”. En la segunda tendencia la irrupción directa de Dios a través de un nuevo enviado para cambiar radicalmente la historia se va sustituyendo por la presencia de un “resto fiel” o “nuevo pueblo” que, movido por el Espíritu del resucitado, asume la responsabilidad de ir anticipando en el mundo una vida fraterna en un orden social justo.
En definitiva, la esperanza cristiana –de la que, según 1 Pe 3, 15, debemos “estar siempre dispuestos a dar razón”– es el reflejo que la Promesa despierta en nosotros. No es difícil advertir diferentes colores en la primera según el horizonte donde situamos la segunda. Así lo manifiestan las prácticas éticas y sociopolíticas que configuran estilos, frecuentemente contrapuestos, de ser y de estar en el mundo. Señalo, como muestra, estos tres: el estilo Apocalipsis, milenarista, que sigue esperando una intervención decisiva de Dios a través de su elegido para cambiar radicalmente este mundo perverso, que tanto hace sufrir a los justos. De esta esperanza, que no se para ante la misma violencia, participaron los Celotas del tiempo de Jesús, y aun sus discípulos y los mismos cristianos que hoy día exigen cambios radicales y rápidos, sin escrúpulos, ante los medios. El estilo cristiandad, que se considera legítimo sustituto del Dios ausente o del Cristo elevado al cielo. Como nuevo pueblo elegido, se siente imbuido de la misión mesiánica de visibilizar ante un mundo perverso los valores éticos y socio-políticos del Reino. Su peligro está no sólo en encerrar el Reino de Dios en las fronteras de la Iglesia, sino en convertir a ésta en una institución de poder más que de servicio al mundo, que es su verdadera razón de ser. Finalmente, el estilo profético, heredero de la tradición místico-profética del antiguo Israel, y principalmente de la vida/muerte de Jesús: no se considera sustituto de la acción de Dios en el mundo, aunque se sienta impulsado por su Espíritu; es consciente de que el Reino de Dios desborda las fronteras de la propia Iglesia; y considera la historia no como el lugar de perdición, sino como signo donde va emergiendo, como los claros en el bosque, el Reino de Dios. Esta esperanza genera responsabilidad y convergencia en aquellos lugares y situaciones donde se está reinvirtiendo la historia y rehaciéndola desde abajo, desde las víctimas y excluidos. Pues según Lc 4, 15-22, el futuro de la esperanza está en manos de los pobres y de los que asumen sus justas causas.

