Editorial: Esperanza en tiempos de crisis

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COMENZAMOS el 94 con un reto, casi con una provocación: cómo mantener firme la esperanza en tiempos de crisis. No se trata de ninguna veleidad. Los tiempos, lo sabemos quizá por propia experiencia, no son nada fáciles. Corremos el peligro, en situaciones dramáticas como ésta, de ceder a la desilusión, al desencanto, al desánimo; corremos el peligro, por temor o por miedo, de encerrarnos en nuestras pequeñas seguridades y de renunciar al riesgo, a la creatividad, a la solidaridad con la vida. Necesitamos, pues, reaccionar con coraje.

EL año felizmente concluido no ha sido precisamente nada cómodo. Vale la pena olvidarlo pronto. Mucha gente ya había previsto con clarividencia que, detrás de los grandes acontecimientos del 92, se estaba acercando un año 93 de perros. Ni la Expo, ni los Juegos Olímpicos, ni el V Centenario iban a remediar nuestros males. Más bien iban a ser, lo estaban ya siendo, una huida hacia adelante. Los grandes problemas como el crecimiento incesante del paro, la corrupción política y el gigantismo ineficaz de las distintas administraciones seguirían ahí, intocables, alarmantemente amenazadores. Y, por si le faltara alguna pieza a este incómodo puzzle, ahí estaban los Acuerdos de Maastricht (7 de febrero del 92), consagrando una pretendida unidad europea que excluye, de entrada, a los más débiles.

DECIDIDAMENTE, el 92 no fue tan bueno como se nos quería hacer ver. Durante todo el año 93, UTOPÍA ha estado descubriendo y denunciando los olvidos y exclusiones del Mercado Único sellado en Maastricht 92: primero fueron los derechos sociales (marzo 93), luego los excluidos del «paraíso» (junio 93), más tarde abordamos el paro (septiembre 93) y, finalmente, el creciente mundo de la marginación (diciembre 93). Al final, tenemos la impresión de habernos acercado un poquito y de haber acogido, con nuestros pobres medios, como el samaritano de Lucas, a esa parte más frágil y dolorida de la humanidad; la más olvidada también por la sociedad de consumo.

¡CÓMO nos hubiera gustado presentar otros temas más profundos y gratificantes! ¿Tendrán razón quienes piensan que estamos haciendo una UTOPÍA poco utópica, poco ilusionante? Pegados como hemos ido al día a día de nuestras comunidades, a lo mejor hemos acentuado en exceso su imagen más externa, su lucha y compromiso social, en detrimento de esa otra dimensión más íntima y vivencial de donde lucha y compromiso nacen. Pero nosotros, creyendo ser fieles al mejor espíritu de nuestras comunidades, fieles a su vez al Espíritu de Jesús, hemos apostado por la mayor de las utopías: la que surge desde el clamor de los olvidados y oprimidos.

LA programación de este año arranca con un grito de ánimo: «Venga, amigos, dejad ya esos sones y entonad cantos más alegres y joviales». Así comienza Beethoven, desde la tremenda crisis de su deterioro personal, los corales de la Novena Sinfonía. Con el más viejo estilo profético de todos los tiempos, necesitamos acompañar con el anuncio nuestras denuncias, con la bienaventuranza nuestras desventuras. Necesitamos recuperar la esperanza para que no nos hagan daño las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Y nos sobran razones para vivir con esperanza. En este primer número del 94, además de signos visibles de esperanza, que recogemos en apretada síntesis, UTOPÍA nos ofrece motivos ontológicos (E. Bloch), teológicos (Biblia) e históricos (proyectos comunitarios, compromisos y reflexiones) para superar el desencanto y vivir con esperanza en tiempos de crisis.

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