Maria José Torres Traducción: María Colmenero
- La globalización se nos propone como el único modelo posible de desarrollo económico. Oponerse a ella, nos dicen, es oponerse al progreso y a la marcha de la historia. Desde las periferias marginales de Brasil, ¿qué perversiones sociales y económicas adquiere la globalización?, ¿qué rostros toman los perdedores y qué itinerarios recorren?
Vivo en un barrio popular del Nordeste del Brasil. La mayoría de mis vecinos no entiende nada de economía, de globalización ni de neoliberalismo. Pero sufren sus efectos, las decisiones de los sueños del poder y del tener, de otras personas en sus vidas concretas. La falta de trabajo decente y de unas condiciones dignas de supervivencia han crecido de forma espantosa, generando cada vez más violencia: los jóvenes apenas tienen futuro y la droga pasa a ser la salida para un mundo sin salidas felices.
La primera perversión de la economía globalizada es que en la realidad no es globalizada sino elitista. Sólo pocas personas tienen acceso a los bienes globales y más aún: no hay un concierto real entre las naciones para establecer de forma equitativa las reglas económicas, sino que es sobre todo el gran imperio norteamericano quien dicta las reglas de la globalización de la economía.
- ¿Crees que ante estas perversiones de la globalización podemos hablar también de «ganadores»? ¿Quiénes ganan con la globalización? ¿En qué consisten las ganancias? ¿O, por el contrario, es la Humanidad y la Tierra entera la que está sufriendo pérdidas irrecuperables?
No sé si la mejor expresión es hablar de ganadores y perdedores. De momento los privilegios, la concentración de riquezas y de poder está en manos de una minoría mundial. La sociedad global va creando cada vez más la concentración de riqueza agrupando las fortunas en complejas alianzas económicas. Esta concentración de riquezas va empobreciendo cada vez más la tierra, los ecosistemas y la mayor parte de la humanidad.
- En tu libro «Intuiciones Ecofeministas» sostienes que la proliferación de lo místico parece acentuarse en el actual régimen neoliberal en el que vivimos y que las religiones son un elemento clave para legitimar el orden establecido y sus lógicas; te refieres a un modo de vivir religados al mundo y a los otros, que denominas como «religiones del mercado». ¿Qué señas de identificación tiene hoy la religión del mercado en nuestras iglesias? ¿En qué prácticas y discursos concretos podemos descubrirla?
Pienso que hay muchos elementos para reflexionar. Por un lado, los movimientos llamados pentecostales, en el interior de la Iglesia Católica Latinoamericana, han insistido mucho en una relación individual del los fieles con Dios; insisten mucho en la paz personal, en el sentirse bien, en los beneficios individuales y familiares. El mundo religioso se reduce a las necesidades espirituales de consuelo y paz de espíritu. No se invita a la lucha por la transformación del mundo desde la perspectiva de la justicia para los diferentes grupos humanos y la naturaleza. Volvemos a una práctica extremadamente festiva, entusiasmante y también alienante, lo cual acaba favoreciendo las fuerzas del mercado global. Por otro lado, hoy se difunde, aunque en menor escala, una especie de religión «holística», en la cual nos perdemos o nos «disolvemos» en la belleza de la naturaleza y, en consecuencia, nos olvidamos de las raíces proféticas de nuestra fe. Es una especie de «new age» vulgarizada. Este análisis es muy reoído, necesita más profundidad y más datos.
- Las comunidades eclesiales de base han sido significativas en los procesos de cambio y transformación social. Desde tu perspectiva, ¿en qué aspectos crees que la Iglesia de base nos hemos ido estancando? ¿En qué caminos crees que hemos de seguir manteniéndonos y qué desafíos y preguntas nuevas hemos de ir encarando?
Hablar de comunidades de base en América Latina o en Brasil no es lo mismo que en España o Bélgica. Aquí las comunidades de base se desarrollaron en medio de los pobres, de personas con pocos recursos. Hoy tengo dudas con relación a la fuerza de transformación de las comunidades de base; por un lado, están aún bastante ligadas a la jerarquía de la Iglesia y no consiguen encontrar caminos nuevos de actuación. Aquellos que llamamos «laicos» no consiguen una autonomía en el interior de la institución; entonces muchos buscaron espacios de actuación fuera de ella. Por otro lado, el momento cultural y político no es el de las comunidades en el estilo idealizado, a partir del cual fueron pensadas.
Hoy es preciso buscar alianzas entre diferentes movimientos para actuar en causas concretas. El control social e institucional de la Iglesia no puede continuar más. Nuevas formas de diálogo y organización se imponen. Éste es un momento nuevo en el que sentimos la necesidad urgente de cambios, pero los pasos y las alternativas para ir alcanzándolos aún no han surgido de forma clara en el horizonte.
- Hace ya bastantes años que escribiste tu artículo «La opción por el pobre como opción por la mujer pobre». Tu reflexión y la de otras teólogas latinoamericanas en aquellos momentos marcó un hito en el panorama de la teología realizada hasta entonces. Mucho más recientemente has escrito que «reflexionar sobre lo humano a partir de la cuestión del género es pensar a partir de una posibilidad distinta de comprenderlo y relacionarlo con todo lo que existe» (1). ¿Qué está aportando introducir la categoría género en las ciencias, la cultura, la teología, las organizaciones, las Iglesias, etc? ¿Qué resistencias se encuentra?
La introducción de un análisis a partir de las relaciones sociales de género ha sido una conquista a nivel del restablecimiento de relaciones más justas en diferentes actividades e instituciones humanas; es innegable, por ejemplo, que a nivel del derecho hay una atención especial para que la legislación no favorezca sólo a los hombres, para que los salarios sean marcados por la igualdad, para que la representación de las mujeres en las instituciones políticas sea respetada, etc.
La resistencia a un análisis de género es muy grande, sobre todo en la Iglesia. Nuestra teología y nuestras instituciones religiosas están basadas en la superioridad del sexo masculino, la ciudadanía de las mujeres en el interior de las instituciones religiosas es de segunda categoría. Como dice un periodista brasileño, Gilberto Dimenstein, vivimos aún de una «ciudadanía de papel». Esto significa que se escribe mucho sobre la justicia en las relaciones humanas, sobre la igualdad de derechos, pero sigue siendo la injusticia quien rige las relaciones humanas.
- Hace unos años, en un Congreso en El Escorial, reflexionando sobre la presencia de lo femenino en el pensamiento cristiano latinoamericano, terminabas una entrevista diciendo: «Nadie puede detener la expresión de la diferencia. La lucha a partir de las exigencias de la diferencia surge cuando las abstracciones y los discursos exclusivos se hacen insoportables y nadie logra ya identificarse con ellos» (2). ¿En qué momento crees que están esas luchas por las exigencias de las diferencias y qué papel están teniendo en ellas las mujeres de los indígenas y otras minorías…?
La organización de las diferencias es uno de los fenómenos sociales más significativos del siglo xx y de este inicio del siglo xxi. En un mundo donde las empresas de comunicación pertenecen a los dueños del poder, se sabe poco de las extraordinarias luchas de resistencia de los grupos indígenas, de los negros, de otras minorías étnicas, de los ecologistas y de las mujeres. Sin embargo, son esas luchas las que aún permiten a nuestro mundo albergar la esperanza de la justicia, de la libertad y de la igualdad. Son esos grupos, que se multiplican de forma expresiva, los que mantienen vivo el sueño de convertir esta tierra en un lugar donde todas y todos podamos vivir con dignidad. En enero de 2001, en el Forum Social Internacional de Porto Alegre, Forum al que se realizó al mismo tiempo que el Encuentro de Davos, el pluralismo de los grupos, la conciencia de la diferencia y su articulación fueron capaces de hacernos percibir que una organización distinta del mundo es posible y que es preciso luchar por ella.
- Dice el subcomandante Marcos que: «El gran poder mundial no ha encontrado aún el arma para destruir los sueños. Mientras no la encuentre seguiremos soñando»… Dice también Casaldáliga que tenemos que «soñar con los pies». ¿En qué sueño andas últimamente enfrascada?
Sigo soñando con la posibilidad de una humanidad paso a paso,con los pies, con las manos, con la cabeza, con todo el cuerpo, ir despertando para la necesidad vital de simplificar nuestros estilos de vida, de vencer nuestra sed de lucro, de percibir que no podemos sobrevivir sin darnos las manos y sin acoger el hecho de que respiramos del mismo aire y somos hijas e hijos de este planeta Tierra. Nuestros sueños continúan vivos.

