CHANTAJE  A LA LIBERTAD

Antonio Zugasti

Han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera diciendo «¡Paz, paz!», cuando no había paz (Jr. 6,14).

Ante el quebranto de los pueblos, ante el hambre, la malaria, el sida y las heridas de metralla; ante el trabajo basura y el profundo vacío de los espíritus, lo que hoy gritan es: «¡Democracia, democracia!».

Pero el quebranto sigue, porque ¡no hay democracia! Lo que se extiende por todo el mundo es el chantaje económico de los grandes poderes financieros.

Su portavoz, el Fondo Monetario Internacional, a cualquier país empobrecido le plantea muy claramente los términos del chantaje: «Si queréis que os concedamos un préstamo, tenéis que reducir los gastos sociales: menos escuelas, menos hospitales; los viejos que se las arreglen como puedan, o se mueran. Privatización de todas las empresas públicas, los servicios públicos esenciales: electricidad, comunicaciones, transportes, todo tiene que pasar al capital privado. Y abrid de par en par vuestras fronteras a la importación de nuestros productos. Si no, no hay un céntimo; y además, os ahogaremos hasta que nos devolváis lo que ya nos debéis». Y para rematar la faena, la burla sarcástica: «¡Ah!, otra cosa: tenéis que hacer elecciones de vez en cuando, porque nosotros sólo ayudamos a países democráticos».

¡Qué cinismo! Llaman ayuda a lo que es pura y simple usura, y llaman democracia al paripé de elegir los capataces que se encargarán de hacer cumplir las órdenes de unos señores a los que nadie elige.

Tampoco los países más desarrollados se libran del chantaje. En todo el mundo se ha lanzado el grito de guerra: ¡competitividad, competitividad! Y con el pretexto de la competitividad, los grupos financieros y las multinacionales plantean a los gobiernos, y a toda la sociedad, el chantaje: «Flexibilidad laboral, menos cotizaciones sociales, menos impuestos al capital, privatización de las empresas y los servicios públicos, grandes infraestructuras para que nos podamos desenvolver a gusto, y que otros paguen lo que nosotros contaminamos. Si no lo hacéis así, hundiremos vuestra moneda, nos iremos a invertir en otro sitio y llevaremos nuestras fábricas a países más complacientes».

Evolución histórica

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Estamos en un momento concreto de un largo proceso histórico: el lento y fatigoso caminar de la humanidad hacia la libertad. Camino que no se recorre sin lucha. Lucha en el interior de cada persona, y lucha contra los que sólo son capaces de edificar su libertad sobre la opresión de los demás.

En los dos últimos siglos se produjeron avances muy importantes en este camino hacia la libertad. Se consiguieron grandes progresos en el terreno de las libertades civiles y políticas. Es verdad que el poder económico seguía estando en manos de la aristocracia del dinero, pero se veía obligado a pactar y transigir con el poder político, que tenía un carácter mucho más democrático.

La Revolución rusa pretendió dar el paso final, liberar a la humanidad del dominio económico del capital. Pero cometió un error garrafal: no se percató del valor que las libertades cívicas y políticas tienen en sí mismas, y las eliminó radicalmente en su estado de guerra declarada con el capitalismo. Este error permitió a los dueños del dinero enarbolar la bandera de la democracia y presentar el capitalismo, que en realidad es el imperio del dinero, como el reino de la libertad.

Está bien reciente el desenlace de esta guerra. El hundimiento de los países basados en el socialismo totalitario ha consolidado hasta límites impensables hace treinta años el dominio del capital, que ha salido de la contienda con la aureola de gran defensor de la libertad.

La clase dominante, los propietarios del capital, han resistido victoriosamente el ataque. Ahora tratan de aprovechar las condiciones tan favorables creadas por su triunfo para recuperar el terreno perdido y conseguir que la esfera económica, que está totalmente en sus manos, se imponga sobre las otras esferas de la vida humana donde reina una cierta democratización.

No podían ir de frente contra la idea de democracia y libertad, que había sido su bandera frente al socialismo soviético. Además, la aspiración a la democracia está ya demasiado arraigada en la humanidad para oponerse a ella. La estrategia para recuperar el dominio total tenía que ser más sutil. No se podían combatir los sistemas democráticos; al contrario, les convenía prestarles un gran apoyo formal, pero vaciarlos de contenido, privarlos de su base económica, dejarlos a su merced, impotentes.

En un Mundo

globalizado

La globalización iba a proporcionar el terreno donde el capital podía realizar fácilmente su proyecto. Lo primero que hay que tener en cuenta es que ésta es su globalización. La globalización actual, con todas sus características, no es un proceso neutro; no es la simple consecuencia natural de cualquier desarrollo económico y de unos avances tecnológicos. Aquí se trata de un desarrollo económico específico, el desarrollo económico capitalista, que pone la consecución del máximo beneficio en el menor plazo posible por encima de cualquier otra consideración. Tampoco los avances tecnológicos son completamente inocentes. El progreso técnico se produce en los campos en los que se investiga y en las direcciones señaladas a la investigación. Y, por supuesto, no se ha dado un debate ni una decisión democrática sobre las líneas maestras que debía seguir la investigación en el mundo. Éstas han venido marcadas por las conveniencias de la industria militar y los intereses de las grandes empresas que han señalado los objetivos a sus centros de investigación.

Para llegar a esta globalización eran necesarias también unas decisiones políticas. Éstas fueron tomadas, fundamentalmente, por los gobiernos ultraconservadores de Reagan y Thatcher, en el sentido de conceder una omnímoda libertad de movimientos al capital, desregulación de la economía y eliminación de todo tipo de reglas para que el capital pueda funcionar internacionalmente con total libertad. Los demás gobiernos se plegaron de mejor o peor grado y marcharon por la misma senda, con lo que el verdadero poder se trasladó, más allá de las fronteras nacionales, a ámbitos carentes de cualquier legitimidad democrática. Los gobiernos habían liberado al genio encerrado en la botella, y ahora el genio, no sólo no cumplía ninguno de sus deseos, sino que los amenazaba con su poder.

Este poder ha desarrollado de una manera monstruosa la esfera financiera. Los capitalistas ya no buscan los beneficios principalmente a través de la economía real (la producción de bienes y servicios), sino a través de movimientos de capital puramente especulativos, donde se mueven cantidades ingentes de dinero que pueden arruinar la economía de un país en un soplo. Felipe González, en una conferencia pronunciada en 1997 en México, no pudo ser más explícito: «Si la cola de ese potente huracán que circula cada día, 24 horas al día, por los mercados de cambio, pasara un día por mi país, sólo rozado significaría la liquidación de nuestras reservas de divisas en media hora de entretenimiento». Las consecuencias de esto, para González, están claras: «Tenemos que acostumbrarnos los políticos a gobernar capital humano, porque el capital sin más lo gobiernan otros».

Esos otros que gobiernan el capital han convertido a los políticos en sus administradores y han asestado un golpe mortal a la democracia. Es una situación nueva. En la misma conferencia Felipe González afirma: «La libertad de movimientos de capital es una auténtica revolución de la nueva situación internacional». La revolución capitalista que ha surgido sobre las ruinas de la revolución socialista. Una y otra suponían y suponen la anulación real de la democracia. De una manera abierta y franca en el socialismo soviético, de una forma larvada e hipócrita bajo el capitalismo.

Tietmeyer, gobernador del Bundesbank, el Banco Central Alemán, lo expreso con total claridad: «Los mercados serán los gendarmes de los poderes políticos». El poder político, expresión de la soberanía popular, no es soberano, los gendarmes están sobre él.

La humanidad tiene que tomar conciencia del grado en que esta globalización está socavando el funcionamiento de los sistemas democráticos. Pues cuando se habla del sometimiento de los gobiernos a los mercados, hay que tener en cuenta que lo de los mercados es un eufemismo para designar a las fuerzas económicas que pugnan por imponer su voluntad.

El poder económico también interfiere en la vida democrática de otra manera. Hoy la democracia se ha reducido en la mayoría de los países a unas elecciones periódicas donde se eligen los gobernantes del país. Y las elecciones se han convertido en un circo mediático, donde los recursos económicos de que dispone cada partido son decisivos. Los grupos financieros y empresariales, que pueden prestar esos recursos a los candidatos, condicionan de una manera decisiva los resultados electorales.

El Nuevo Poder

El Nuevo Poder es un poder sin rostro. Ellos, los dueños del dinero, muy raramente dan la cara. Se esconden tras el eufemismo de los mercados: No son ellos los que arruinan un país, no son ellos los que arrancan miles de millones de aquí y de allá y los ingresan en sus cuentas, es el mercado, son las leyes económicas. Según sus bien pagados corifeos, son los mercados los que imponen, los mercados los que prohíben, los mercados los que castigan. Lo que naturalmente no dicen es que son ellos los que han dictado esas leyes económicas y los que manejan los mercados.

La consecuencia es que se trata de un poder sin responsabilidad. Cuando era el rey o el presidente el que mandaba, él era el responsable de la situación del país. Contra él se volvía el descontento y hasta la revuelta popular. Hoy, ¿contra quién protestan los millones de parados y precarios?, ¿a quién reclaman sus salarios los trabajadores de SINTEL?, ¿quién se responsabiliza de las crisis económicas?

Este poder es muy flexible en cuanto a las formas de someter a los pueblos. Terriblemente violento en Colombia o Guatemala, es un poder dulcemente narcotizante en Europa. Althusser afirmaba: «Para que el poder de la clase dominante perdure, es preciso que transforme su poder violento en poder consentido». El consumo y unos medios de comunicación persistentemente dedicados a idiotizar cerebros y drogar corazones se encargan de lograr el embobado consentimiento.

La Voz del Profeta

Seguimos necesitando la voz del profeta. La voz que hoy clame: «No hay democracia». La voz que grite: «Para ser libres nos libertó Cristo». La voz que despierte a unos pueblos narcotizados y los vuelva a poner en marcha hacia la plena realización de la imagen y semejanza de Dios impresa en el corazón humano. Imagen y semejanza de la Libertad Absoluta.

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