Javier Domínguez
Los más viejos recordamos con fascinación y espanto aquel hongo gigantesco que se levantó más alto que las montañas sobre la ciudad de Nagasaki y la dejó reducida a cenizas y piedras candentes. A los pocos días vimos en el NO-DO (entonces no había televisión) al Emperador del Imperio del Sol Naciente, rodeado de militares yankis, proclamar con voz entrecortada y sin levantar los ojos del suelo que él no era la Encarnación de Dios, el Kami, y sus súbditos no debían rendirle culto. Quedaba abolido el culto al Emperador.
El poder imperial siempre ha sido divino. Todos los imperios han sido sagrados. Y no sólo los imperios, que se fundamentan en dioses universales, también las naciones han sido sagradas, con dioses locales. En las antiguas pesetas leíamos: Caudillo de España por la gracia de Dios y le vimos entrar bajo palio en los templos del reino como un Ser Sagrado.
En Occidente la secularización trajo el reconocimiento de que el poder no es cosa de Dios, sino obra de los seres humanos que se organizan. Pero este reconocimiento teórico dejó intacto el carácter sagrado de los sacrificios, los ritos y los símbolos,y en muchos la nostalgia del poder divino de los reyes y los emperadores.
Después del atentado de las Torres Gemelas, un episodio menor en la saga de los horrores que nos ha tocado vivir, hemos visto recrudecerse este carácter sagrado, religioso, absoluto, del poder. El nuevo emperador resucita la vieja religión del Imperio persa: El Principio del Bien, al que hay que servir y el Principio del Mal al que hay que aplastar. Y define, como los viejos dioses, lo que es el BIEN y lo que es el MAL: El eje del Bien (cuyo quicio soy YO), y el eje del Mal, que son los que se me oponen. Los diosecillos locales, como Aznar, le rinden culto y se someten a sus exigencias. Y emplean o ejercen palabras divinas: «El que no está conmigo, está contra mí».
En el Cuartel del Príncipe, en Alcalá de Henares, en la entrada hay un gran letrero encima del portón: «Todo por la Patria», y a los lados dos mármoles que llevan las inscripciones: «Dios, Patria, Honor» a la izquierda y «Triunfar o morir» a la derecha. Son los ritos, los sacrificios, los símbolos sagrados del poder. Morir por la patria es un honor… (morir o matar si cabe, que decía Don Mendo). El que muere por la patria, muere por algo absoluto. La patria es un ídolo, que no merece una muerte: un ídolo que exige sangre. Todo lo que exige sangre es un ídolo. Y la bandera: el símbolo idolátrico de la divinidad del imperio. Y los desfiles, las marchas militares, las condecoraciones… Son los sacramentos de la religión imperial.
El señor Trillo organizó un homenaje a la bandera en la Plaza de Colón. Se trajo una bandera de treinta metros de longitud y unos soldaditos vestidos de gala. Pero no tuvo éxito. Esperaba que acudieran multitudes y no fueron ni los niños, que ya se aburren con estas cosas. Y es que, la verdad, la religión imperial está de capa caída, aquí. Pero en otras partes está muy viva. Yo me asusto cuando veo el entusiasmo de los gringos por su bandera. Están dispuestos a dar su vida y hasta la última gota de su sangre. Y el que se meta con su bandera es un blasfemo, un sacrílego. La religión imperial sigue vigente y es un peligro para la humanidad. Aquí también sigue habiendo muchos que creen que la unidad de España es sagrada, que por el imperio hacia Dios, que la Constitución es, como la Biblia, intocable e infalible, que Dios está con nosotros, que la Unión Europea debe reconocer sus orígenes cristianos, léase divinos, que el que no está conmigo está contra mí, que hay un eje del Mal, que hay que canonizar, elevar a la categoría divina a una tal Isabel llamada La Católica, que fundó la sagrada unidad de España, expulsó y robó a los judíos y fundó la inquisición española frente al eje del Mal. Santa, Santa, Santa, modelo para los creyentes tres veces.
Tenemos que desvelar estos ídolos opresores y sangrientos. No me resisto a terminar con un párrafo de Manuel Vicent en un artículo que dedicó a la bandera:
«En España, como en el resto del mundo, el color rojo significa peligro y el amarillo indica precaución. El rojo y el amarillo son los colores de nuestra bandera nacional, de modo que hay que andar muy precavido a la hora de acercarse a ella sin llevar casco».
Nota importante: Muchos mártires cristianos fueron condenados a muerte por ateos y sacrílegos. Se negaron a ofrecer incienso a los dioses del Imperio. San Marcelo, militar, fue condenado a muerte porque «arrebatado de una locura» arrojó la espada al suelo en un desfile», en señal de protesta.

