LOS DIOSES FALSOS DE LA RELIGIÓN

Nacho Alonso

  1. Introducción

Cuando nos ponemos, como en esta Utopía, a la tarea de «desvelar dioses», parece obvio suponer que nos referimos a ídolos sociales, que nada tendrían que ver con el hecho religioso en sí, ni con las religiones, puesto que en ellas, la idea de Dios es su motivo principal y la adoración y cumplimiento de sus mandamientos, por parte de sus fieles, su finalidad.

Así, cuando hablamos de los dioses de nuestra sociedad, nos solemos referir al poder, al dinero, al orden, al consumo y a varios más, de los cuales se habla en este número, que son los auténticos becerros de oro de todos los tiempos.

Sin embargo, a no ser que hablemos en sentido metafórico, el termino «ídolo» es genuinamente religioso, ya que hace referencia a cualquier persona o cosa que sustituya al Dios verdadero. Por eso, la idolatría es un hecho religioso, aunque sea por negación y, en propiedad, cuando hacemos referencia a falsos dioses, estamos hablando de personas, cosas o deseos que adquieren preeminencia en detrimento del Dios verdadero, quien debería ser objeto único de adoración.

En fin, que no debemos, únicamente, ubicar los falsos dioses de nuestra sociedad fuera de la religión, ya que los hay dentro de ella e incluso ella misma puede ser un auténtico ídolo. Todo el aparato religioso, soporte de cualquier creencia, cuando tiene como objetivo principal ganar adeptos, puede convertirse en un falso dios, enmascarando lo principal de dicha creencia a base de envoltorio y añadidos.

  1. Dioses, endiosados

y pseudodioses

En nuestra religión católica, a la que me referiré exclusivamente a partir de ahora, podemos observar personas, cosas, acontecimientos, intenciones, etc., que, aunque no reciban calificación de divinos, se convierten en objeto de adoración o exagerada veneración, tanta que, en ocasiones, se les llega a dar más relevancia que al mismo Dios o su Palabra.

Hay católicos que lo que más valoran de su creencia es el culto, el rito, la ceremonia en sí. De cualquier acto religioso destacan mucho más la apariencia, la puesta en escena, que el contenido. Se quedan con las formas, mientras que el fondo del asunto les trae sin cuidado. Los adoradores del culto pueden ser tanto los actores o celebrantes, como los espectadores o fieles. Siempre que escuchéis decir a alguien lo preciosa que fue una misa, atreveros a preguntar de qué trataba el Evangelio y, con seguridad, que os llevaréis más de una sorpresa.

Otros están sometidos a la ley, que, según se mire, no es un ídolo tan tirano. Al fin y al cabo su culto se reduce a cumplir una serie de normas que en cuanto se les coge el tranquillo van rodadas. Los «legalistas», por otra parte, suelen ser más exigentes con los demás que consigo mismos. Ante ellos, ya puedes vivir como el mismo Jesucristo el espíritu de las Bienaventuranzas, que, como no te abstengas de comer carne un viernes de cuaresma, o no comulgues por Pascua florida, te mandan de cabeza al infierno a la primera que te mueras.

La idolatría alcanza cotas muy estimables en bastantes santuarios, donde conviven en perfecta armonía visionarios en trance, predico-recaudadores oportunistas, folclóricos representativos de la comarca, oligarquía y pueblo llano, todos poseídos, en medio de una gran histeria colectiva, por un fervor absurdo y superficial. En mente tengo a una Virgen, que no nombraré para no herir susceptibilidades, a la que es penoso ver dando tumbos de borracho entre carros, manos, besos, cabezas de caballos, garrotes, peinetas…; le ruedan unas lágrimas por su rostro asustado y yo, francamente, creo que llora de verdad por el pánico que le produce todo aquel desatino. ¿ Y qué decir de aquellos santuarios en los que se venera a santos o vírgenes que contribuyeron a masacrar moros? Y  no sólo intercediendo ante el parcialísimo Juez Supremo, sino bajando ellos mismos, en traje de faena, a rebanar cabezas, exhibiendo en tan siniestra labor la misma destreza con la que otrora pescaban peces en el lago Tiberíades.

Y no sólo adquieren rango de «casi dioses» imágenes, ritos, santuarios…, sino también personas que son, o fueron, de carne y hueso, como nosotros. ¿No hay, acaso, muchos y muchas para los cuales las máximas del Camino de San Josemaría, o las recomendaciones morales de cualquier multitudinario discurso del Papa, llegan a condicionarles sus vidas, más que el mismo Evangelio de Jesús?

El término papalatría está de moda desde hace, aproximadamente, 25 años y es de suponer que con bastante fundamento. Hay que reconocer que entre todo el espectáculo que se monta en torno a los viajes y apariciones públicas del Papa actual y la desmesurada personalización que acontece en todas sus macro-ceremonias, queda escasísimo sitio para que pueda notarse, al menos un poquito, la humilde presencia de Jesús de Nazaret. Yo me atrevería a decir que muy pocos se acordarán de Él entre tanto «totus tuus», «Juan Pablo segundo te quiere todo el mundo», «algo se muere en el alma, cuando un amigo se va» y demás eslóganes dedicados a la mayor gloria del Pontífice.

Y, también, en nuestra religión católica, el mismo Dios padece mutaciones a conveniencia de los desaprensivos usuarios.

Denominaré a una de estas falsas ideas de Dios, «dios Trasgu», como deferencia hacia un duendecillo doméstico de la mitología asturiana llamado Trasgu, que concede favores a los habitantes de la casa donde fija sus reales. Este «dios Trasgu» es un dios particular, como de bolsillo, al que se recurre para que atienda cualquier necesidad, ya sea material o espiritual y que ha de estar siempre dispuesto a anteponer los intereses de su adorador y propietario a los del resto de habitantes del ancho mundo.

Otra falsa imagen nos presenta a Dios como un «ser vengativo y cruel», presto en todo momento a dejar caer toda su ira sobre quien se aparte de la estricta normativa eclesiástica, en asuntos de moral sexual sobre todo.

También tenemos al «dios de la manga anchísima», en el cual sólo es necesario creer para tener asegurado el pasaporte hacia el cielo. O el «dios relax» que, a través de la contemplación, te va dejando como una malva, a medida que te acercas a él y te alejas de los problemas de los demás.

Y, en fin, bastantes más que nada tienen que ver con el Dios que nos presenta Jesús en el Evangelio, que es Padre, justo, bueno, misericordioso, que quiere que todos seamos iguales, que no deseemos a nadie lo que no queramos para nosotros y que nos amemos los unos a los otros como él mismo nos ama.

  1. Las víctimas

Entre los sacrificados en estos altares, poblados de falsos dioses, que conforman este pintoresco panteón, en nuestra religión católica, pondría yo, si no fuera porque creo que a ellos les da bastante igual, toda vez que ya disfrutan de su merecida gloria, al Jesús verdadero del que nos hablan los evangelios y las cartas apostólicas, oculto detrás de tantos cristos folclóricos y milagreros, a María, su madre, enmascarada por un sinfín de advocaciones y a todos los santos y santas, cuya verdadera historia y auténticos méritos se les arrebatan en aras de algún supuesto hecho extraordinario, acaecido bajo su intercesión, que, en la mayoría de los casos, tiene mucho mas de fábula que de realidad.

Otro gran grupo de personas sacrificadas por este falso concepto de lo religioso son los incautos que, en muchas ocasiones forzados por angustiosas necesidades, son fáciles víctimas de cualquier tipo de engaño que les prometa solución a sus problemas. Lo más lamentable es que estas manipulaciones infringidas a conciencias débiles, o desinformadas, sean toleradas, e incluso fomentadas, por eclesiásticos sin escrúpulos que se benefician de las desgracias ajenas.

Pero los sacrificios más crueles tienen lugar en el altar del abuso y la intolerancia, donde un sector de la Iglesia, poderoso e influyente, inmola a miles de personas, miembros de la misma Iglesia, a un falso dios altivo y prepotente, fabricado por ellos a su imagen y semejanza.

Sacrificados y sacrificadas son quienes después del Concilio Vaticano II se ilusionaron con una Iglesia comprometida con los problemas del mundo, abierta a la modernidad y que vieron frustradas sus esperanzas por la gran regresión acontecida en los últimos decenios.

Sacrificados y sacrificadas son los homosexuales, considerados por la jerarquía eclesiástica desviados y pecadores, aún ahora que todas las sociedades modernas intentan desagraviarles por el vejatorio trato al que fueron sometidos a través de la historia.

Sacrificadas son las mujeres, siempre relegadas a tareas subordinadas y asistenciales.

Sacrificados y sacrificadas son aquellos que dedican muchos años de su vida al servicio de la Iglesia, en cargos de animación y responsabilidad y cuando  deciden formar una familia son tenidos por renegados y traidores.

Sacrificados y sacrificadas son las personas divorciadas, apartadas de la participación eucarística y de otros sacramentos.

Sacrificados y sacrificadas son quienes se dedican a hacer teología y son reprendidos y/o sancionados por trabajar con espíritu libre intentando acomodar el mensaje de Jesús al conocimiento de  nuestro tiempo y a los problemas del mundo en el que nos toca vivir.

Y muchos más que, sin embargo, ahí siguen, en la Iglesia, sacudiéndose de encima lamentaciones y victimismos, porque creen que la acción del Espíritu es más importante que las declaraciones magisteriales y que es mejor vivir en la libertad de los hijos e hijas de Dios, que el servilismo y la obediencia ciega. Siguen porque mantienen viva la ilusión y la esperanza de que otra Iglesia es posible.

 

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