Antonio Zugasti
Así rezaba una pintada aparecida en un muro del extrarradio madrileño. Es la versión actual de la que otra mano irónica trazó sobre un señorial mausoleo: “Aquí yace un cristiano caballero que edificó un hospital para pobres…, pero primero hizo los pobres”. La realidad que reflejan es exactamente igual en ambos casos: primero hacemos los pobres, y luego apadrinamos un negrito para demostrar lo caritativos que somos.
Para producir pobres fácilmente y en grandes cantidades lo más rentable es hundir la economía de los países del Sur. Se les paga un precio mísero por su café, por su cacao o por cualquier otro de sus productos, y así conseguimos un café muy baratito y, como subproducto, los pobres. Los cuales también se pueden aprovechar para montar una hermosa colección de ONGs que, además de permitirnos tranquilizar nuestra conciencia, empiezan a constituir un boyante sector en la economía de los países ricos. ¡Ah! Y si protestan por el precio del café, que se quejen al Mercado, el precio al que se venden las cosas es asunto suyo.
Naturalmente el discurso oficial es muy diferente. Afirman muy solemnemente que la pobreza del Tercer Mundo es culpa suya, simple consecuencia de su falta de desarrollo técnico y económico, de su poca competitividad. Es bastante cínico decir que la pobreza del Sur es consecuencia de su atraso y su falta de capacidad, cuando es su atraso y su pobreza lo que es consecuencia de la dominación que los países del Norte llevan siglos ejerciendo sobre ellos. Pero, por supuesto, que cinismo no les falta a los grandes señores del mundo.
Es verdad que en un campo la superioridad tecnológica tuvo gran importancia. Fue la superioridad en tecnología militar, gracias a la cual los países europeos pudieron invadir fácilmente las regiones del Sur y emplear su mano de obra y sus riquezas naturales para impulsar el propio proceso de industrialización. Su poder permitió a los dominadores establecer unas desiguales relaciones económicas para regir los intercambios entre el mundo rico y el mundo empobrecido. No es el momento de exponer en detalle en qué consisten esas relaciones desiguales, pero forman una especie de ley del embudo, totalmente favorable para el mundo rico.
Bueno, pues cuando gracias a esas relaciones injustas se tiene ya un buen montón de pobres, llamativamente flacos, de un esquelético que da lástima, los cristianos, caballeros del siglo xvi edificaban un hospital, las caritativas señoras de hace un siglo montaban un ropero, y los muy democráticos burgueses de hoy organizamos una ONG. Las hay de todos tipos y colores. Algunas son ollas podridas de ambiciones personales, mezquindad e hipocresía. Otras, con buena voluntad, realizan una tarea muy meritoria para evitar que los pobres terminen de morirse de hambre. Incluso alguna, jugándose las subvenciones oficiales, se atreve a criticar las estructuras económicas y la llamada Ayuda Oficial al Desarrollo.
Pero los pobres no saldrán de pobres mientras no les paguemos un precio justo por su cacao, su café, sus minerales y su trabajo. Para conseguir eso de una manera general es preciso un cambio de sistema económico, y eso va para largo (o no, quién sabe). Para largo o para corto, el caso es quesi no lo trabajamos difícilmente llegará. Y de momento algunas cosas podemos hacer. Una de ellas, que además esun rasgo de ese vivir de otra manera que pretendemos, es no buscar lo más barato, sino lo elaborado en condiciones más justas.
Recurrir a las tiendas de comercio justo, siempre que sea posible, y, desde luego, para el producto más extendido en el comercio justo, el café. Que el de los hiper ahora está muy baratito, pero tiene un aroma a explotación que tira de espaldas.

