Democracia y Pluralismo en la Sociedad y en las Iglesias
- La democracia política, que irrumpe en la sociedad moderna a fines del siglo xviii con la Revolución Americana y con la Revolución Francesa, debe tener como base el reconocimiento, con la mayor efectividad posible, de los derechos de la persona humana, tanto los de la libertad (política, social y cultural) como los del contenido socio-económico.
- Uno de los derechos fundamentales es el de la libertad religiosa, que consiste en que los seres humanos estén siempre libres de cualquier coacción legal o social por adherirse a una fe religiosa, o para retirar su adhesión a ella.
- Históricamente, la existencia de pueblos con unidad religiosa confesional ha sido posible por la negación (o la imposibilidad cultural) de existencia de la verdadera libertad religiosa y de conciencia. Por eso, de cara al futuro, hay que aceptar, como normal y deseable, que las iglesias o comunidades religiosas vivan en sociedades caracterizadas por el pluralismo religioso, en que sea normal la presencia de ateos o agnósticos, así como de distintas religiones. Las diversas instituciones religiosas han de aceptar este dato de la realidad y adaptarse a él.
- Por lo que respecta a la Ecumene Cristiana (y dentro de ella a la Iglesia Católica Romana), su actitud no debe ser el dogmatismo, sino el diálogo abierto; no el uniformismo impuesto, sino la comunión continuamente hallada con el favor del Espíritu, que es pluriforme y sopla donde quiere, sin que podamos nosotros dictaminar de dónde viene y a dónde va (Jn 3, 8).
- En la Iglesia Católica hay mucha gente que piensa que la Iglesia tiene que ser más democrática. Los que se oponen a esta línea responden que la Iglesia no es una sociedad política y que, por tanto, el esquema moderno de democracia no le es aplicable. A esto respondemos que mucho menos se puede aplicar a la Iglesia el esquema político de una monarquía absoluta (o incluso de una dictadura), y sin embargo, la Iglesia Católica, desde Pío IX hasta hoy (fuera del paréntesis de Benedicto XV, de Juan XXIII y, en parte, de Pablo VI), ha funcionado como tal.
- Con vistas al futuro, es una exigencia que la mujer no sea discriminada en la Iglesia, incluso respecto al ministerio presbiteral y episcopal. El Papa Juan Pablo II ha llegado a proclamar que no se puede dar participación en el sacerdocio a las mujeres, y que eso no lo podrá cambiar ningún Papa posterior a él.
Es una afirmación ingenua. El sacramento del orden no fue instituido por Jesús. Es una institución de la Iglesia, legítima, pero que puede cambiarse. Jesús no hizo actos institucionales jurídicos, Jesús de Nazareth era un profeta popular que no tuvo una mentalidad jurídica. Lo que propiamente viene de Jesucristo es espiritual, carismático, ético. Y es fe.
- Si las palabras dirigidas a Pedro, que el Evangelio de Mateo pone en boca de Jesús: “a ti te daré las llaves del Reino de los cielos” (16,19), tienen para nosotros algo de normativo, también lo tienen las que el mismo Evangelio refiere como dichas por Jesús a los discípulos y a la gente: “Vosotros no os dejéis llamar Maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie Padre sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar Directores, porque uno solo es vuestro Director, el Cristo” (23,8-10).
- La Iglesia Católica debe ser gobernada colegialmente por los obispos. Según el Concilio Vaticano II, esto pertenece a su esencia. Ello sugiere que el poder primacial del Papa (por encima de los obispos) debería reservarse para casos de necesidad, pero no puede convertirse en el modo normal de conducir a la Iglesia.
- El Papa es un obispo. Resulta incongruente que, a diferencia de todos los demás obispos, sea vitalicio.
- La Iglesia Católica (y toda la Ecumene Cristiana) no debe pretender conquistar al mundo, sino procurar dar un buen testimonio de Jesús, y estar en diálogo con todos. Su actitud debe ser humilde y amorosa, porque tenemos que ser conscientes de que nuestra vida y nuestras obras traicionan muchísimo al verdadero Jesús y al Evangelio del Reino de Dios. No es verdad que fuera de la Iglesia no hay salvación. Jesús es mayor que la Iglesia. Y de Jesús pueden decirse dos cosas a la vez: “Yo (Jesús) y el Padre somos uno” (Jn 10,30) y “el Padre es más grande que yo (Jesús)” (Jn 14, 28).
Madrid, 9 de septiembre de 2001

