Postura de Comunidades Cristianas Populares ante la guerra actual

La guerra es una institución firmemente asentada en nuestra cultura desde los tiempos de los romanos, hace dos mil años, hasta hoy. Para los Estados Occidentales a los que pertenecemos la guerra es considerada como un derecho. Vitoria, el fundador del derecho internacional, titula su libro “Sobre los indios y el derecho de guerra”. Los intelectuales, los pensadores, la Sociedad Civil, han intentado delimitar éticamente este derecho con la distinción tradicional entre guerra justa y guerra injusta, y han puesto condiciones morales a la acción bélica. Cabe señalar la prohibición de las clases asfixiantes, tras la Primera Guerra Mundial, o la prohibición de las matanzas indiscriminadas, o el reconocimiento de los derechos de los prisioneros de guerra.

Los atentados brutales, utilizando aviones llenos de civiles, contra objetivos civiles (algunos al menos), más que un nuevo modo de terrorismo parece un nuevo modo de guerra.

Estos hechos han conmovido al mundo. Algunos periódicos hablan de guerra mundial.

Este cambio de perspectivas debe llevar a la Comunidad Internacional a un examen y un estudio global de la guerra y la violencia en la que vivimos. La mayoría de nosotros somos antibelicistas radicales, pacifistas utópicos, que condenamos la violencia y negamos la existencia de una guerra justa, como no sea la directa y estrictamente defensiva que repele una agresión actuante, y esto con condicionamientos éticos. Luchamos por la supresión de la guerra, las armas y los ejércitos. Creemos que, hoy por hoy, hay que volver al menos a los pactos internacionales, globalizados, todo lo parciales que se quiera, con tal de que sean un paso hacia la definitiva supresión de la guerra y la instauración de un estado de derecho global.

El leader mundial, Estados Unidos tiene que renunciar, en la teoría y en la práctica, al derecho a intervenir militarmente en cualquier parte del mundo donde estén en juego sus intereses. Últimamente ha ejercido este supuesto derecho desde la pura y simple invasión por su ejército (Panamá, Granada, Nicaragua, ahora el Plan Colombia…) o por sus aliados (Minas de Coltán, oro y diamantes en Congo, Líbano, Altos del Golán, Palestina…) hasta el bombardeo indiscriminado de ciudades, considerando a los civiles objetivos militares (Irak, Yugoslavia…) o llamándolos efectos colaterales…

Basaba esta política militar en la invulnerabilidad de su territorio. Esta invulnerabilidad ha quedado en entredicho. El mundo está asustado porque las armas químicas, bactereológicas e incluso nucleares están al alcance de grupos fanáticos que practican la “guerra santa”. Y no hay escudo antimisiles capaz de detectar un frasco con el virus de Ebola, o un kilo de uranio en manos de un suicida que se inmola a su Dios.

Tememos que ante estos hechos el leader mundial opte por la venganza, el ojo por ojo, la guerra abierta, el aumento del armamento y los gastos militares, aumento del poder de los servicios secretos… y quizás la llamada guerra sucia y el terrorismo de estado.

En Europa se levantan voces que exigen que la respuesta no sea meramente militar y de venganza, y alertan contra la guerra sucia, el terrorismo de estado y el poder omnímodo de los servicios secretos.

Nosotros exigimos esto y también lo que venimos exigiendo desde siempre: el control de las armas ligeras, la destrucción de las minas antipersona, la prohibición, hasta su total eliminación, de las armas bacteriológicas y químicas, la eliminación, o al menos la no proliferación, de armas nucleares, la supresión de las bases militares extendidas por el universo mundo, la no militarización del espacio, la solución pacifica de los conflictos basándose en el reconocimiento de los derechos humanos, hasta que la justicia (infinita o no) esté en manos de las Naciones Unidas y no del mejor armado.

Y con estas premisas y con la ayuda de los países islámicos, que consideramos imprescindible, y el pacto con ellos, luchar globalmente contra el fanatismo suicida y criminal.

Quizás seamos los europeos, que hemos sufrido y perdido tantas guerras, los únicos que podamos poner un poco de cordura ante esta locura global, aunque nuestra pertenencia a la Otan y la entrega incondicional de la mayoría de los políticos al militarismo de Estados Unidos lo hacen muy difícil.

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