Raquel Mallavibarrena
Es relativamente reciente el surgimiento de personas y grupos que hace varias décadas empezaron a alertar a la opinión pública de la grave depredación de la Naturaleza, que estaba yendo paralela a los avances científicos y técnicos y a las políticas llevadas a cabo por los distintos países y que, en general, no estaban teniendo en cuenta las consecuencias medioambientales de sus propuestas ni el coste ecológico que suponían.
Hoy podríamos decir que la globalización y el neoliberalismo conviven con abundante información y términos de uso común sobre ecología, biodiversidad, reciclaje, contaminación, cambio climático, etc.
Sin embargo, la situación está lejos del optimismo y el título de este artículo no es catastrofista en absoluto: si estamos atentos a las noticias sobre estos temas que aparecen continuamente en los medios de comunicación o si nos adentramos en la lectura de textos como los que aparecen al final como fuentes consultadas, nos surgirán inmediatamente muchas preguntas, desaliento y, finalmente, la inquietud por saber si llegamos tarde o estamos a tiempo de construir, en palabras de Leonardo Boff, una democracia, «no solamente humana y social, sino también cósmica».
Con sinceridad, no sé si se puede responder afirmativamente a esta cuestión. Me limito a compartir aquí algunas reflexiones y también algunos hechos que considero positivos y en todo caso esperanzadores.
- Los avances científicos y técnicos que tan claramente contribuyen a mejorar aspectos esenciales de la vida humana, se convierten con frecuencia en absolutos no cuestionados hasta que no se hacen evidentes las consecuencias negativas que también tienen. El sistema económico globalizador favorece esta primacía con tal rigidez que sobrepasando las políticas de un país concreto nos lleva a situaciones que caen como losas y parecen increíbles en el siglo xxi. Los recientes ejemplos de la crisis de las vacas locas, las contaminaciones radioactivas masivas, los desastres climáticos y naturales, etc., hacen pensar que no es suficiente dejar las cosas en manos de científicos con planteamientos más o menos éticos y responsables, ni siquiera en manos de gobiernos concretos. La globalización juega aquí a la contra y a pesar de la relativa eficacia de los organismos internacionales, entiendo que hay que seguir luchando para que las leyes e intereses económicos, las empresas multinacionales y los planteamientos de miras muy cortas no acaben por gobernarlo todo.
- El bienestar al que se ha ido acostumbrando el Norte le hace pagar un precio, como acabo de decir, pero que es incomparable al coste mucho mayor que el Tercer Mundo se ve abocado a sufrir. No podemos separar la preocupación ecológica de la lucha contra la pobreza. No olvidemos que el Primer Mundo puede defenderse mejor de las agresiones que sufre y, por otra parte, la degradación de la Naturaleza en los países empobrecidos no consigue más que aumentar los ya graves problemas de desarrollo que tienen. Por tanto, no podemos desvincular el problema de la ruina de la Tierra con el replanteamiento profundo de los hábitos consumistas del Norte ni con las consecuencias que la deuda externa y las reglas del juego en el comercio internacional provocan en los países del Tercer Mundo a la hora de planificar sus políticas agrarias, medioambientales, y, en suma, de distribución de recursos.
Si fomentamos en esos países la desforestación, si obligamos al agotamiento de las tierras de cultivo con los condicionamientos del comercio mundial, si se mantienen guerras interminables y se permiten casos de corrupción flagrante en gobernantes de muchos de ellos, entonces nos encontraremos un planeta cada vez más devastado para los pobres y también para los ricos, y las tentaciones de buscar soluciones del tipo «sálvese quien pueda» o de huidas hacia adelante, confiando esencialmente en que la misma ciencia que ha creado los problemas encontrará el modo de resolverlos, no hacen más que aumentar la gravedad de la situación.
- ¿Cuál es la lectura creyente que podemos hacer? Al lado de la frase bíblica «Dominad la tierra» podemos encontrar otras (Génesis…) en las que el hombre no es dueño, sino administrador, y tiene a su cargo la tarea de cuidar la tierra. Actualizando la tradición franciscana de la «hermana madre tierra» y también las tradiciones de otras religiones ancestrales, Leonardo Boff se pregunta: «¿Qué sería de la sociedad sin árboles, sin las aguas limpias, sin el aire puro, sin el brillo de las estrellas?», y contesta: «El ser humano debe integrar todos estos seres como nuevos ciudadanos».
Es obligado mencionar aquí, por su trasfondo bíblico y religioso, el llamado ecofeminismo o la reivindicación de rebatir el planteamiento histórico dominador, patriarcal, tanto hacia la mujer como hacia la naturaleza, y la idea de que los dos aspectos están estrechamente ligados, y de que podremos avanzar si vamos a una nueva concepción de la masculinidad que afiance las relaciones profundas y de experiencia directa.
Si creemos en un Dios de la Vida, que es Padre de todas sus criaturas, podemos situarnos en el marco de referencia que señala Juan Luis Ruiz de la Peña: «Mientras hablemos del hombre y la Naturaleza en el horizonte de Dios, tenemos sólidamente emplazados al hombre, a la Naturaleza y a Dios en una escala de valores».
- Finalmente, mi preocupación se centra en los cauces eficaces que los ciudadanos podemos tener, en primer lugar, para estar informados adecuadamente de los problemas, y después, para incidir en posibles soluciones, acuerdos…
En la llamada era de la información tenemos la ventaja del fácil acceso a mucha y variada documentación, pero también el riesgo de no saber seleccionar y quedar sobrepasados, de ser manipulados, etc.
Por otra parte, el engranaje del sistema político, cada vez más a las órdenes del económico, y por ello cada vez más desconcertado y desdibujado, debilita con frecuencia la implicación real en estos temas de los partidos políticos, más pendientes a veces de tomar medidas a corto plazo, desoyendo advertencias de expertos, etc.
Da la impresión que este tipo de reivindicaciones queda en manos de los llamados grupos ecologistas y de otros colectivos que actúan a modo de denuncia profética y utópica, y aunque su presencia en la sociedad es cada vez mayor, es incierto, a mi modo de ver, el alcance que puedan tener sus propuestas.
Por ello, como apunte esperanzador, concluyo diciendo que a raíz del Foro Social de Porto Alegre, se ha difundido la experiencia de participación democrática (los ciudadanos intervienen directamente en la elaboración del presupuesto municipal) que tienen en esta ciudad, capital del Estado de Río Grande do Sul, en Brasil, y que les está permitiendo un desarrollo real de la zona. Ojalá sepamos tomar buena nota de esta realidad y afrontar el reto de hacer posible entre todos un planeta más habitable para las generaciones futuras.
Fuentes consultadas:
– Cuadernos Cristianisme i Justicia, n. 69, pp. 89, 105.
– «Folletos informativos» Manos Unidas, n. 2 («Un triángulo muy viciado. Consumo, pobreza y deterioro ambiental», Araceli Caballero, 1997).
– Cuadernos del «kairós», n. 11 («Salir bien del siglo xx», Leonardo Boff, 1997).
– Utopía, n. 31, 1999.
– Mujeres, ecología y desarrollo. M. José Arana, Instituto de la Mujer.
– Juan Luis Ruiz de la Peña: Teología de la Creación, Presencia Teológica 24, Sal Terrae, 1986.
– Eduardo López Azpitarte: Etica y vida. Desafíos actuales, Biblioteca de Teología 1, Ed. Paulinas, 1990.
- Ignacio Ramonet: El consenso de Porto Alegre en documentos de attacmadrid.org

