¿Cómo vive usted su sexo?

Rosalía Aznárez

Comunidad cristiana Nazaret Logroño

Entre el tabú y el placer de transgredirlo, entre el pecado y la culpa, entre el misterio y el morbo, y entre la marginación por motivos sexuales y la libertad, el sexo es, en todas las personas, una asignatura que conviene aprobar, por lo menos con notable. El que en la sociedad nuestra haya sexo por todas partes (publicidad, chistes, Internet, televisión, clubs de carretera…) no significa, necesariamente, que las personas seamos sexualmente más libres o que tenga más calidad nuestra sexualidad.

Si echo la red en el caladero sociosexual para ver qué tipo de peces nadan por ahí, recojo, entre otros, pescaditos tan variados como éstos: represiones, con sus colegas los sentimientos de culpa; frustraciones; facilidad para airear la sexualidad personal en los medios de comunicación sin cortarse un pelo; mezcla de la sexualidad con la necesidad de batir récords olímpicos (cuántos orgasmos, cómo es de grande, con qué intensidad, con cuántas mujeres o con cuántos hombres…); dificultades enormes para hablar con naturalidad de la propia sexualidad; declaración por decreto-ley de quién es más macho o más hembra; confusión de lo diferente (homosexualidad, transexualidad, travestismo…) con lo morboso; falta de reconocimiento de la variedad y la importancia de las propias fantasías eróticas y de la diversidad de orientaciones sexuales; esquemas fijos y unívocos en la concepción de la familia; sexo adolescente (y muchas veces también adulto) irresponsable; juego con los sentimientos de otras personas; empleo de la miseria humana (incluso cuando es sexual) como elemento humorístico; utilización de los chistes sexuales como mecanismo de compensación y coraza; admisión, también por decreto-ley más o menos reconocido, de que el criterio para considerar válidas las conductas sexuales es el que marcan los medios de comunicación (la televisión, las revistas, los vídeos, etc.); miedo al compromiso estable en las relaciones afectivas (facilidad para usar y tirar); temor al sexo, visto a veces como peligroso o inmoral; machismo y sadismo; exigencia a la propia mujer de que proporcione la marcha que da una prostituta y a la prostituta de que dé el cariño que no se busca en la mujer; pornografía infantil; noviazgos por Internet…

Y uno piensa: ¡mira que lo hacemos difícil, con lo precioso que es!

Todo esto me sugiere muchas preguntas, porque el sexo puede vivirse de otra manera:

¿Nos damos cuenta que tenemos una enorme variedad de registros y acordes sexuales (fantasías, juegos, placeres, acciones, sentimientos…) y que la sexualidad ha sido creada por Dios como algo bueno y esencial para el equilibrio del ser humano?; a los hijos les damos ¿información o educación sexual… o nada?; encontrarnos a gusto con nuestro propio cuerpo y sus músicas, ¿no es un modo directo de encontrarnos con nuestro yo y con el de los otros?; ¿qué es la normalidad en sexualidad: lo de siempre, lo de la mayoría, lo que la televisión propone?; es más, ¿existe una sola normalidad sexual?; ¿quién determina que alguien, por su sexualidad, sea presentable o no en sociedad?; ¿por qué el diferente es un peligro para mí y por qué he de vivir a la defensiva respecto a él o ella?; ¿quién es, en sexualidad, químicamente puro?; ¿qué papel damos a las sensaciones, a la sensualidad, a la sensibilidad interna, a la comunicación, a la ternura y a la expresión física y verbal del amor?; ¿por qué dos personas del mismo sexo, si se quieren, no pueden ser reconocidas social y legalmente, sin hacer ascos, como pareja?; ¿por qué el celibato es obligatorio y, además, es entendido no sólo como renuncia a formar una familia sino como renuncia a la sexualidad?; ¿con qué derecho un hombre maltrata a su mujer o compañera?; ¿por qué el sexo ha de ser tabú, o suciedad, o desmadre, o simple descarga?; cuando se vive con cariño y responsabilidad, ¿no será la sexualidad uno de los preludios que tenemos en esta vida de esa felicidad y ese placer que Dios ha prometido a su lado a todos los que saben amar?…

El cosmos danza siguiendo el ritmo de la música de la sexualidad. Si suprimiéramos la fuerza de la emoción sexual, o si la asfixiáramos, o la separásemos de la ternura y del amor, suprimiríamos la vida, la reduciríamos a la nada: los peces, los pájaros, los mamíferos, y entre ellos la mujer y el hombre, se quedarían sin música para bailar en el universo que Dios soñó… y desaparecerían.

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