Javier Domínguez
Después del desastre de las Torres Gemelas, la industria cinematográfica estadounidense ha retirado un montón de películas. Tuve ocasión de leer la lista y me extrañó muchísimo que hubieran retirado RAMBO III. Como soy de natural curioso y no he vista ninguna película de Rambo porque me cae gordo, me propuse ver Rambo III y lo he conseguido. ¿Saben ustedes por qué la han censurado? Porque en Rambo III los buenos son los talibanes que luchan por su libertad contra los malos, que son los rusos. Cosas de la vida.
Como dice Eduardo Galeano: “En la lucha del Bien contra el Mal, siempre es el pueblo quien pone los muertos” mientras los malos “se abuenan” y los buenos se “amalan”. Entonces era bueno Osama Bin Laden, entrenado, armado y financiado por la CIA, y los rusos eran los malos. Ahora es al revés, y para que la gente se olvide se retira Rambo III. Los rusos se abuenan y los talibanes se amalan, según convenga.
¿Según convenga a quién? Antes, en los tiempos en que Marx era un profeta, hablábamos de “Las estructuras”. Los cristianos las llamábamos “estructuras de pecado”. Ahora tenemos que hablar del “tinglao”.
“Se abre el tinglado de la antigua farsa”…
El otro día fui a cambiar las ruedas del coche, y delante de mí estaba un señor que pidió esas ruedas que anuncian en la tele que pueden dar la vuelta al mundo. El mundo tiene 40.000 Km. ¿Qué rueda, hoy en día, no aguanta en buen uso cuarenta mil Km? Es que nos toman el pelo. Estamos sometidos a un lavado de cerebro continuo. Todos nos hemos sentido conmocionados por las Torres Gemelas, donde han muerto cinco o seis mil personas. Hacen encuestas y la mayoría de la población está por una intervención militar en la lucha contra el terrorismo. Fueron asesinados doscientos mil guatemaltecos, la mayoría indígenas, y nadie puso el grito en el cielo. Los asesinos siguen impunes y muchos de ellos en sus puestos de mando. En este tinglado los muertos pobres valen bastante menos que los muertos ricos.
Es absolutamente evidente que los terrorismos no son todos iguales, ni por su motivación, ni por sus objetivos, ni por su armamento, ni por los medios para combatirlos, ni por su potencialidad desestabilizadora. Aznar dice y repite ante los legisladores que todos los terrorismos son iguales y nadie se atreve a gritar: “Aznar está desnudo”.
Y si todos los terrorismos son iguales, ¿por qué no pedimos a los Estados Unidos que pongan un portaviones en el Golfo de Vizcaya? O ¿es que piensa meter el ejército y está preparando el terreno?
La situación actual del mundo es caótica. Como dice Galeano, “este sistema (“Tinglao” le llamo yo), que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente”. “Ojo por ojo deja al mundo ciego”. La locura no es solamente que unos pilotos suicidas se estrellen contra unas torres, la locura es el almacenamiento y proliferación de armas nucleares, bacteriológicas y químicas; el sembrar de minas las tierras de los pobres, el mantener unos ejércitos descomunalmente armados con capacidad para acabar varias veces con la vida en la tierra. La locura es un sistema económico en el que mueren de hambre y miseria miles de millones de personas (y no es exageración). La locura es tener bases militares en el universo mundo. La locura es acabar con las selvas tropicales, recalentarlo todo, hacer un agujero en la atmósfera que nos protege y hace posible la vida en el Planeta. A toda esta locura organizada y justificada con el control del pensamiento a través de la televisión es a lo que llamo “El tinglao”, y más correctamente se puede llamar el sistema.
Hay algo bueno en todo esto, y en gran medida esperanzador: por primera vez en la historia de la humanidad es posible terminar con el hambre y la miseria. Tenemos medios suficientes para construir un mundo en el que la palabra hambre deje de tener sentido.
El tremendo impacto que ha producido el ver caer las Torres y el Pentágono, se parece algo al grito «el rey está desnudo». El país más protegido de la Tierra está indefenso.
Quizás ha llegado el momento de reflexionar colectivamente sobre todo esto. La Comunidad Internacional debería plantearse quiénes somos, a dónde vamos y qué queremos. Tenemos que organizarnos de otra manera, con otros valores. Estamos en una religión que podía definirse como “el dolar es Dios y el mercado su profeta”. Anunciaron el fin de la historia y el pensamiento único. Ahora ya sabemos que la historia continúa y que está en nuestras manos, y el pensamiento no es monopolio de los poderosos.
Quizás seamos los europeos los únicos que podamos poner un poco de sensatez a toda esta locura globalizada y neoliberalizada.
Como cristianos nos toca desenmascarar el sistema, poner la solidaridad (el amor, decía Jesús) en el centro del pensamiento y de la motivación, y luchar con todos nuestros esfuerzos por un mundo en paz./

