Esther López,
Miembro del Colectivo de Insumisos Diego Cuadrado,
Miembro de la plataforma pro-vivienda de Logroño
Un dios al que damos culto es el dinero. Es un dios que salva, que da felicidad, que da sentido a la vida… El dinero ha ido divinizándose al pasar de herramienta de cambio a tener un valor propio. Se ha convertido en un dios que sesga nuestra visión de la realidad: el dinero materializa la mayor parte de los derechos humanos (vivienda, bienestar, educación, sanidad…); el dinero dirige nuestras relaciones personales haciéndonos recelar de estatus económicos inferiores, etc. El sistema capitalista que nos rige tiene como base el consumo incrementado, basado en el dinero. Necesita del consumo, de un mercado intocable y todopoderoso para sacar a la luz los productos. Es el rito que cumplimos para adorar a nuestro dios.
Y este dios tiene su «casta sacerdotal», los ecónomos, que se ocupan del dios como si fuera algo aparte de la sociedad (al margen de los políticos, por ejemplo), en las reuniones de la Reserva Federal de Norteamérica, el Banco Central Europeo, o las decisiones del Banco de España. Las decisiones de estos sacerdotes, sometidas al dinero, se convierten en «leyes divinas», que no admiten ninguna heterodoxia. Ellos son los que saben, los que están cercanos al dios, y no se admite lo que se salga de su discurso, no se cuestiona porque no hay otra posibilidad: un «dogma».
Y al dios dinero lo endiosamos cada día más. El volumen que en nuestros días está tomando la economía financiera con respecto a la economía real es cada vez más alarmante. El dinero en sí mismo genera dinero y además de forma virtual.
Pero el dinero también necesita de sacrificios que lo puedan mantener en su categoría de dios. Por ejemplo, sometemos la vivienda al dinero, el mundo del trabajo, la situación de los inmigrantes, la forma de vivir el ocio y el tiempo libre, etc.
La perversión del derecho a la vivienda es un ejemplo claro. En los debates en los que hemos participado, incluso dentro de círculos que trabajan este tema y que son críticos (sobre todo porque lo forman personas afectadas por la política de vivienda que se viene imponiendo desde hace mucho tiempo y, en especial, la de los gobiernos del PP), siempre se salva el dinero como tributo intocable y plenamente asumido.
La contraprestación desmedida que la inmensa mayoría de las personas deben entregar para acceder a una vivienda, pervierte, en lo más profundo de su sentido, un derecho que, desde nuestra perspectiva, es equiparable a otros como el derecho a la salud o a la educación (y que está tan ligado a éstos como al de la propia vida) y, sin embargo, al menos dentro de nuestra «sociedad del bienestar», poca gente cuestiona su carácter gratuito y universal.
En el mundo laboral la tiranía que nos impone la sociedad de consumo afecta, evidentemente, a la forma de obtener los ingresos que nos permiten jugar al juego: al trabajo.
Parece que no hay límite para la capacidad de endeudarnos. El mercado laboral ha evolucionado para adaptarse: precarización, siniestralidad, temporalidad, disponibilidad plena… definen hoy el trabajo.
A veces se trata, solamente, de poder alcanzar los mínimos para vivir. Todo implica un gran sacrificio de tiempo, de energía, de proyectos… «si, al final, todo el mundo hace horas extras». La situación se tiñe dramática cuando leemos las cifras de los que han entregado sus vidas en sus puestos de trabajo. ¿Cabe imaginar mayor sacrificio?
La mayoría de nuestro ocio y tiempo libre no se valora si no se produce un intercambio monetario para disfrutarlo. La tiranía de imposición del mercado ha conseguido que el tiempo libre, en principio destinado a la formación personal, al descanso, la diversión y al servicio a los demás, sea un engranaje más de él mismo, generando beneficios para él y muy pocos para el crecimiento personal y de la comunidad. Es el dios dinero que el capitalismo fomenta para generar consumo y para que nadie escape a su control. Es un ocio vacío: hay un interés añadido que es el de poder controlar tanto los contenidos de ese ocio como expectativas que se puedan crear.
La inmigración es un síntoma sangrante de un mundo injusto, llevado a su límite cuando de forma cotidiana mueren personas en el intento de alcanzar nuestro ideal de «bienestar» basado en el dinero. Por parte de los gobiernos sólo se hace referencia al tema desde el aspecto económico, tanto a la hora de justificar las medidas que se toman para parar la inmigración como, incluso desde opiniones más progres, para justificar la presencia de los inmigrantes en cuanto a que son necesarios para mantener la sociedad de bienestar (sistema de pensiones, cubrir determinados oficios, potenciar la natalidad…). Otra vez el dinero se pone como argumento por encima de otros como son el derecho o la dignidad de las personas.

