EL PARAÍSO DEL CONSUMO

Antonio Zugasti

La idea de un paraíso está muy arraigada en el inconsciente de la humanidad. En muchas culturas ha existido la idea, más o menos difusa, de un paraíso, situado unas veces al principio de los tiempos, y otras al final, una edad dorada, un edén, en el cual los seres humanos vivirían en paz, abundancia y gozo. Un sueño, una aspiración cuyas raíces San Agustín encuentra en la acción creadora de Dios: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Hasta que llegue el momento del descanso y la plenitud en Dios, nuestro corazón anda, entre sombras, buscando ese lugar donde descansar, esa mítica patria de la felicidad.

Todas la religiones tienen su Paraíso. Lo mismo las religiones tradicionales, con su creencia en una realidad sobrenatural y sus dioses en lo alto de los cielos, que las modernas religiones terrenales con sus dioses a ras de suelo: la raza, la nación, la revolución… Unos y otros se presentan como los valores supremos a los que se orienta el ser humano, reclaman una fe incondicional de sus fieles y, a cambio, prometen la dicha a los que sigan fielmente sus mandatos.

Las religiones transcendentes tienen una idea más o menos clara de ese paraíso y una fe firme en él. Pero también las religiones terrenales la tienen, y alguna la ha expresado con toda claridad. Como el comunismo que aspiraba a un «paraíso en la tierra» para toda la humanidad. En este caso, partiendo de una aspiración tan desmesurada, el intento estaba condenado de antemano al fracaso.

En el mundo de hoy domina sin ningún género de duda la religión capitalista. (Creo que ver el capitalismo como un simple sistema económico, cuando es mucho más que eso, es una de las causas que han permitido su dominio indiscutido en nuestras sociedades.) A pesar de los llamativos castillos de fuegos artificiales que acompañan al turismo sagrado de Juan Pablo II, y a pesar de la ira divina con que unos hombres se pulverizan contra las Torres Gemelas, el dios que hoy impera en las mentes y los corazones de la mayoría de los hombres y mujeres de todo el mundo es el Dios Dinero. Él es el valor supremo,en él se pone la confianza, de él se espera la salvación. Él y su profeta, el Mercado, controlan nuestro mundo. 1

Naturalmente esta religión también tiene su paraíso. Un paraíso que es necesario ganar individualmente, no como el paraíso comunista, que era para toda la humanidad. De acuerdo con uno de los dogmas de la religión capitalista, la competencia, sólo alcanzarán el paraíso los que con más ardor y más astucia peleen para ser agradables al Mercado. Un paraíso en el que coincidiremos con mucha gente, pero que seguirá siendo fundamentalmente un paraíso individual. Este paraíso es, por supuesto, el consumo.

Un consumo sin límites, sin cortapisas, es la suprema felicidad que el dios dinero ofrece a sus fieles. Consumo de todo, de objetos continuamente renovados: teléfonos de tercera generación, coches inteligentes, televisiones envolventes, juegos con sangre real… Consumo de servicios: comida a domicilio, siervo para sacar el perro a pasear, criada ecuatoriana para todo, viajes de todo tipo, lo mismo para turismo sexual que religioso, y ya el colmo de la felicidad, turismo para comprar en los grandes almacenes de Nueva York. Consumo cultural: cultura en fascículos, coleccionables, consumo de grandes monumentos en visitas guiadas y embobadas. Consumo de naturaleza: «Su chalet en Montemar, en plena naturaleza». «Visite con Viajes El Corte Inglés los lugares más recónditos». «Viaje con Lufthansa al paraíso perdido de…». Consumo de salud: «Consuma productos Bio». «Vive sano, leche de soja Pascual». Y hasta consumo de solidaridad: tarjetas de crédito con limosnita incluida, «Apadrine un niño… y tranquilamente deje que se mueran los demás». «Fúmese un Fortuna que les vendrá bien a los del Tercer Mundo».

El consumo ha pasado de ser la simple utilización de unos bienes y unos servicios adecuados para satisfacer las necesidades humanas a consumismo, identificación con el paraíso soñado. Ha tomado en la psicología humana ese carácter religioso del que no se es consciente, pero que actúa eficazmente en el subconsciente, enlazando con los deseos y los sueños más profundos del ser humano. Ahí radica la razón más profunda de su éxito… y también de su fracaso. Éxito al conseguir atraer a las grandes masas con su promesa de bienestar y convertirlas en fieles adictas a los placeres del consumo. Éxito al lograr que la religión capitalista sea aceptada universalmente a pesar de sus evidentes y gravísimas deficiencias. Un fenómeno que los sociólogos constatan diciendo que el capitalismo se ha legitimado por el consumo.

Y aquí radica también el fracaso radical del consumismo. En la incapacidad de cualquier conjunto de objetos para satisfacer la imprecisa, pero radical apertura del ser humano al infinito. La búsqueda humana de sentido puede ser engañada, pero no puede ser satisfecha por un consumo que, como las drogas, vuelve cada vez más ansiosos y dependientes a sus adictos.

Esto explica también el fracaso de la izquierda tradicional, que se enfrenta al capitalismo como si éste fuera simplemente un sistema para repartir la riqueza creada por la humanidad. El mundo ideal de esta izquierda no pasa de ser un paraíso capitalista mejor repartido. Pero el reparto y la igualdad no son coherentes con el Dios Dinero y su paraíso. Para vencerle habría que ser capaz de proponer un paraíso distinto al capitalista. Tendría que ser capaz de presentar un modelo de bienestar distinto, apoyado más en el ser que en el tener. Que considerara la plena realización del ser humano como su más genuina fuente de satisfacción. Teniendo en cuenta que en la plena realización del ser humano aparece su apertura a la dimensión mistérica de la existencia y su búsqueda de sentido en una dimensión auténticamente religiosa.

Y recalcar, para terminar, la responsabilidad que tenemos los que disfrutamos de la fe en Jesús, y el desafío que supone para nosotros el reinado de la riqueza en el mundo. Dado que enfrentarse a un dios sólo puede hacerse apoyados en otro dios, nosotros, que le tenemos a El siempre a nuestro lado, deberíamos encabezar la lucha contra ese falso dios y su falso paraíso. Para que otro mundo sea posible, tenemos que hacer real una vida liberada del consumismo.

  1. Sobre el carácter religioso del capitalismo han escrito muchos autores. Por ejemplo, puede consultarse la ponencia de Juanjo Tamayo en el Congreso de Teología de 2002.

 

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