Estudiar ¿para qué?

Comunidades Cristianas de Base de la Rioja

Para mucha gente la motivación principal en sus estudios o en los estudios de sus hijos ha sido, durante años, la relación existente entre un buen título y unos buenos ingresos económicos o un buen puesto de poder social.

Motivaciones como realizar un trabajo útil para la sociedad, disfrutar en un trabajo creativo, tener una formación crítica, abrirse a otras realidades del mundo, prepararse para un compromiso socio-político… estaban más bien ausentes de casi todas las cabezas de hijos y padres.

Por el contrario, cuando de mayor rango era el título conseguido más posibilidades existían no sólo de encontrar trabajo a secas, sino de ascender en el escalafón social.

Quienes aspiraban a estar arriba debían obtener necesariamente una licenciatura o un doctorado, aunque no fueran precisamente aptos para el tipo de trabajo que ese título suponía; más abajo quedaban los diplomados, los que sólo tenían C.O.U. o B.U.P., los que habían de hacer F.P. porque «no valían» para otra cosa y, por último, casi como los parias, la inmensa masa de los mal llamados «fracasados escolares», que no tenían otra alternativa que conformarse -en su trabajo y en la sociedad- con estar debajo de todos y de ser los más seguros candidatos al paro o a los trabajos rechazados por los demás.

Los que escribimos estas líneas somos jóvenes estudiantes que vivimos nuestra fe en Comunidades o Grupos de Base. Unos hemos terminado ya estudios universitarios y nos hemos encontrado de bruces con el paro o con contratos eventuales de un mes o dos, o con trabajos sin seguridad social, o con salarios inferiores al mínimo, o con trabajos de voluntariado social que no nos han dado de comer pero han servido para ser útiles a otros y para no desfondarnos psicológicamente; algunos también sabemos lo que es cambiar el libro de Derecho o de Sociología de la carrera, después de acabarla, por el cubo y la fregona para limpiar casas ajenas, o lo que es cuidar niños de otras familias para sacar unas pesetas, o hacer sustituciones en una portería.

Evidentemente, nada de esto tiene relación con lo que estudiamos en su momento o con el trabajo que soñábamos, y, por eso, es muy difícil superar la frustración.

Pero estamos también los que tenemos otro tipo de estudios que tampoco tienen relación con lo que hacemos o hemos hecho.

Y sabemos, igualmente, lo que es el despido libre, la duda sobre cuándo encontraré el próximo suficiente para ir tirando.

Y, finalmente, estamos los que todavía nos hallamos en proceso de estudiar, con la convicción de que muchos estudiamos para conseguir ese título que se llama «paro», o para desempeñar un trabajo que posiblemente no nos gustará o no tendrá nada que ver con aquello para lo que nos preparamos.

A pesar de vivir en una comunidad autónoma cuyo índice de paro es notablemente inferior a la media del resto del Estado, las posibilidades de encontrar trabajo simplemente o, lo que es más, un trabajo adecuado a los estudios que hacemos son realmente pequeñas.

Por eso, todos nos preguntamos: «Estudiar…, ¿para qué?».

Y nos parece claro que la respuesta debe ir en la línea de que el estudio no ha de ponerse en relación exclusiva -y quizá ni siquiera primaria- con el trabajo como profesión remunerada.

Todos somos capaces de hacer en la vida muchas cosas más que las que se derivan directamente de unos estudios concretos.

Si el estudio despierta conciencia social, capacidad de análisis, sentido de la solidaridad, preparación para ser útiles a otros, autorrealización personal y compromiso, ya tiene un «¿para qué?».

Por lo demás, el fantasma del paro nos hace sentirnos como los demás, porque nadie -estudie o no- tiene como objetivo de su vida estar en paro.

Deja una respuesta