Esteban Tabares
Según la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre de 1993, la situación de desempleo que vivimos en Andalucía es muy dura. De una población activa total de 2.506.330 personas, había a final de marzo 1.706.950 ocupados y 799.380 parados. Esto significa que están sin trabajo la tercera parte de los andaluces que tienen edad de trabajar.
La tasa de paro en nuestra región es del 31,89 por ciento, o sea, diez puntos por encima de la media nacional que estaba en ese mismo primer trimestre en el 21,74 por ciento de la población activa. Lo cual quiere decir que uno de cada cuatro parados viven en Andalucía.
Durante el año 1992 el subsidio de desempleo agrario alcanzó a 30.000 jornaleros andaluces (a 30.000 pesetas mensuales), mientras que el PER (Plan de Empleo Rural) tuvo una inversión de 79.000 millones de pesetas y generó casi tres millones de peonadas en Andalucía.
Está bien claro que cada vez nos adentramos más en «la sociedad de la desigualdad»: grupos y sectores enteros van quedando al margen del camino del progreso y en la zona de sombra de los focos del bienestar. No obstante, la sensación generalizada es que no se puede hacer casi nada contra esto y que, por mucho que se luche, al final la dura realidad se impone: el cierre y el despido.
La desesperanza y la inacción se adueña de la gente y cada cual intenta salvarse del naufragio como puede. En los ambientes jornaleros ha cesado casi toda protesta y un clima de conformidad («que sigamos como estamos, por lo menos») frena cualquier propuesta sindical y organizada. Son ahora los pequeños campesinos -con el agua al cuello- quienes más se movilizan contra las consecuencias negativas de la política agraria comunitaria (PAC).
Lo mismo sucede en la ciudad: casi en el silencio, una tras otra van cerrando muchas empresas y, tras ligeras escaramuzas, cada cual se va a su casa con el despido en el bolsillo y algunas pesetas para ir pasando.
Frente a este penoso panorama surgen muchas iniciativas de autoempleo, de cooperativas de trabajo asociado, de explotación comunitaria de la tierra, talleres ocupacionales, cooperativas de viviendas de autoconstrucción, etc. Porque la gente más inquieta y dinámica no se resigna a vivir de limosnas, aunque tengan que afrontar obstáculos muy altos.
En este sentido, quiero nombrar una iniciativa denominada Fondo de Solidaridad «Paz y Esperanza». Gracias a un grupo de cristianos pertenecientes a Comunidades Cristianas Populares y a Misión del Sur, en marzo de 1984 se creó en la comarca de Loja (Granada) dicho Fondo. Se nutre de aportaciones voluntarias de socios y está dirigido a fomentar el empleo, a apoyar cooperativas en dificultades, a programas en el Tercer Mundo y a prestaciones asistenciales de emergencia.
Empezamos 86 personas y ya somos 250. No sólo de Andalucía, sino también de Murcia, Toledo, Zaragoza, León, Álava, Guipúzcoa, Mallorca, Barcelona, Madrid, etc. En estos nueve años hemos compartido ya más de 40 millones de pesetas y actualmente cada dos meses se financian casos por un importe superior al millón de pesetas.
De esta manera hemos ayudado a centenares de parados, de marginados, a familias en apuros, a algunos proyectos en el Tercer Mundo (Argentina, Perú, etc.) y hemos apoyado a muchas cooperativas para que puedan levantar el vuelo o para mantenerse.
Sabemos que es como una gota en el mar, pero es lo que está en nuestra mano hacer. Son pequeñas iniciativas que, junto a tantas otras, sostienen la esperanza y canalizan la solidaridad de algunos.
Esteban Tabares

