LA GUERRA DE LOS DIOSES

Jesús Bonet Navarro

Los dioses no se soportan

«Recordadlo y meditadlo: …no hay otro dios como yo». Estas palabras las pone Isaías en boca del Dios Yavé (Is 45,5-6; ver 43,12 y 46,9, entre otros muchos textos bíblicos similares), pero podríamos imaginarlas en boca de cualquier dios. La historia de la humanidad es también la historia de los dioses a los que sirve, la historia del hacha de guerra que cada dios desentierra para enfrentarse a los otros.

En la mitología griega Cronos castra a su padre Urano y entonces Zeus destrona a Cronos; en la mitología persa Ormuz se empeña en hacer la luz y Ahrimán en hacer las tinieblas; en la egipcia, Set mata a Osiris después de engañarlo y Horus, hijo de Osiris, se venga matando a Set; en la nórdica, Loki le roba a Idunn las manzanas de oro de la eterna juventud y los demás dioses amenazan a Loki con la tortura y la muerte; en la hindú, el dios Vishnú se esfuerza por construir y el dios Shiva por matar y destruir; en la Biblia, Yavé se enfrenta a los baales, astartés y otros dioses fenicios, asirios y babilónicos que le hacen la competencia; y así, hasta el aburrimiento. Una divinidad siempre se encuentra incómoda al lado de otra divinidad que pueda hacerle sombra.

Y los seres humanos les seguimos el juego a los dioses: los enemigos de Atenas mutilaron las estatuas del dios griego Hermes, los cristianos decapitaron las figuras de los dioses en los frisos del Partenón, los musulmanes taparon los mosaicos bizantinos de Santa Sofía de Constantinopla, los talibanes dinamitaron las estatuas de Buda en Afganistán; y todos se enfrentaron contra todos para defender a su dios. Esto, por citar algunos ejemplos.

¿Pueden los dioses estar en paz unos con otros, en esa pax deorum (paz entre los dioses) que ya buscaban los romanos? Seguramente, no. El motivo es que cada dios representa unos valores distintos (a veces, excluyentes), un sentido distinto de la vida. La lucha por el poder, por la imposición de un valor sobre otro, es una lucha que busca la exclusión o la muerte del otro dios. Lo malo es que esa exclusión respecto a la tarta que cada dios reparte o esa muerte (física o social) las sufren seres humanos de carne y hueso; en el fondo, lo digan o no, todos los dioses exigen sacrificios humanos.

Muchos mitos y religiones (y los dioses a los que adoran) son étnico-político-económicos; buscan, por tanto, la conservación y el desarrollo del grupo que los practica, oponiéndose a los otros grupos étnico-político-económicos. Los mitos y las religiones de los de arriba tratan de imponerse a los mitos y religiones de los de abajo. Los de arriba buscan poder; los de abajo buscan salvación, liberación, pero encuentran frustración.

Lo que sucede es que los dioses de arriba suelen parecer más atractivos, más guapos, que los dioses de abajo y tienen más arte para ofrecer felicidad; incluso hay algunos tan atractivos que ofrecen a sus servidores el colmo de la felicidad: «seréis como dioses», seréis como nosotros. Y los de abajo pican el anzuelo, confiando profundamente en esos dioses que ofrecen tanta felicidad.

El ser humano  no soporta un Dios único

El cristianismo nació y se presentó como un ateísmo declarado con relación a los dioses del imperio romano y de cualquier imperio, porque estaba convencido de que esos dioses eran «hechura de manos humanas, que tenían boca pero no hablaban, tenían ojos pero no veían, tenían oídos pero no oían y tenían nariz pero no respiraban» (Sal 135,15-18). Sin embargo, conforme la Iglesia fue encontrándose cómoda con el poder y en el poder, convirtió a Dios en un dios más, que hacía lo que los demás dioses hacían. Trató de imponerlo a golpe de espada, de hogueras y excomuniones, de sentimientos de culpa en las conciencias y de miedo al presente o al futuro. El pobre Dios fue víctima de muchos cristianos que transformaron a un Dios-Padre liberador en un dios-ídolo opresor, a un Dios de los sencillos en un dios de los poderosos; y terminó siendo un ídolo más que participaba en la guerra contra los otros dioses.

Y llegó un buen día en que el ser humano se rebeló contra ese dios, y unos dijeron que Dios había muerto (Nietzsche), y otros dijeron que era una proyección de la esencia del ser humano (Feuerbach), y otros que era puro opio del pueblo (Marx), y otros que era una ilusión neurótica (Freud), y otros que era un absurdo inexistente (Sartre); pero, además, mucha gente del pueblo estaba también convencida de que era un dios aburrido, distante, mágico y poco interesado por la felicidad humana. Probablemente, todos tenían razón, porque aquel dios que el cristianismo estaba predicando había terminado siendo un ídolo mudo que ya no liberaba a nadie, incluso que se había convertido en un rival del ser humano. Y comenzó a difundirse la idea de que cada hombre y cada mujer eran su propio dios (homo hommi deus). En el fondo, con el politeísmo hubiéramos estado mejor (Nietzsche).

La gente necesita cambiar de dioses

Lo que sucedió después fue que, al diluirse ese Dios-Padre, volvieron a aparecer muchos dioses que nunca habían desaparecido del todo. Incluso surgieron dioses nuevos que se unieron a los antiguos para poder dar satisfacción a nuevos deseos y nuevas ilusiones, y establecer muchas formas de poder declarándose la guerra a muerte entre ellos. Así se podían tener dioses a la carta, según las circunstancias: el dios mercado, el dios nación, el dios dinero, el dios orden, el dios bienestar, el dios seguridad, el dios eterna juventud, el dios estética corporal… Y se ofrecieron nuevos paraísos y se establecieron nuevos calendarios litúrgicos que señalaban cuándo había que consumir de modo especial y cuándo había que celebrar el feliz aniversario (cumpleaños) de cada hipermercado.

Entre tanto, quienes manejan los hilos de esas marionetas ven con satisfacción cómo hasta quien tiene hambre o no tiene trabajo, quien carece de libertad o no sabe leer… busca a esos dioses, porque así se parecerá a los de arriba, a los que casi son dioses.

Unos cuantos, no obstante, con todas nuestras incoherencias, seguimos creyendo en el Dios solidario con el sufrimiento y con la esperanza de los seres humanos, que no pide para él sino que regala lo que tiene, que no humilla, sino que levanta, que no exige hambre y dolor de unos para que otros vivan bien, sino que libera. En ese Dios creemos, porque aunque «hay muchos dioses y señores de esos, para nosotros existe un solo Dios, el Padre, que es principio de todo y fin nuestro, y existe un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y también nosotros» (I Cor 8,5-6).

Pero, efectivamente, todos los demás dioses son rivales suyos y también los otros dioses lo perciben como rival; por eso tratan de presentarlo como anticuado o como ilusorio.

 

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