Perversidades económicas y culturales de la globalización

M.ª Esther Vela

La mentira

Las palabras no son inocentes; sobre todo cuando son repetidas una y otra vez, conviene sospechar de ellas.

Por eso sometemos a examen la palabra «globalización». De ella José Martínez Pisón dice que es «la constante y permanente interconexión entre todos los lugares del planeta. Es una interconexión que afecta a las relaciones económicas, primero de todo, pero que se extiende también al ámbito de lo político, de lo cultural, de lo social, y que tiene por motor principal la revolución tecnológica auspiciada por la informática y la potencia de los medios de comunicación».

Aparecen las primeras sorpresas. La globalización llega a un número muy reducido de países, mientras la inmensa mayoría no puede acceder a ella. No sólo eso: la globalización necesita de esta injusticia para perpetuarse; supone, pues, injusticia estructural. La globalización no es tal ni siquiera en el interior de las sociedades globalizadas, en las que las diferencias entre ricos y pobres, entre quienes deciden y quienes obedecen crecen sin cesar. Así, la palabra «globalización» enmascara las enormes e injustas diferencias entre el Norte y el Sur tanto como las que se producen en el seno de las sociedades enriquecidas.

Si bien la palabra ha echado a andar de la mano de los grandes organismos económicos, nada en ella hace referencia a dinero, políticas de ajuste, liberalización de la economía, transnacionales, precarización del trabajo, condena a muerte por el hambre de dos tercios de la Humanidad. La globalización se presenta como progreso técnico galopante, pero oculta su alto precio: la muerte de las mayorías del Tercer Mundo y el adormecimiento y el silenciamiento de las poblaciones del primero.

Contra lo que pudiera suponerse, la globalización cultural no consiste en promover el acceso de toda la población del Planeta a la cultura con el objeto de permitir su libre expresión y evolución. La globalización es americanización, venta del «american-way-of-life» que se extiende a golpes de publicidad y consumo.

El olvido

Si las palabras (y los números) son instrumentos del poder, el olvido es otro de sus aliados.

La globalización desciende del capitalismo; hija, nieta o heredera, no puede ocultar el aire de familia. No habría sido posible sin la acumulación de capitales y la explotación que comenzaron en el siglo xv. Por eso los pueblos indígenas de América Latina pueden hablar de quinientos años de globalización. La dominación de América del Sur fue un proceso de expolio de sus recursos económicos y culturales y de imposición, por la violencia, de estructuras cuyas consecuencias perduran.

Poderoso caballero es don Dinero

De la globalización hemos apuntado su carácter predominantemente económico, pero añadimos: no exclusivamente económico.

Predominantemente económico significa que a la consecución de fines económicos se consagran los recursos naturales y los recursos humanos (mal asunto cuando los departamentos de personal se convirtieron en departamentos de recursos humanos); que las utopías han sido reemplazadas por los beneficios; que el tiempo ha sido sustituido por los plazos; que la esperanza se ha trastocado en rentabilidad; que el amor se ha transmutado en interés… Los cálculos económicos condicionan decisiones como formar familia o como detraer presupuestos de los fines sociales o privatizar educación o sanidad. El dinero rige las vidas individuales y las sociedades.

No exclusivamente económico supone que es preciso identificar a los agentes de la globalización: transnacionales, especuladores, comerciantes de armas; ejércitos, fuerzas de seguridad; intelectuales, periodistas, publicistas; políticos, sindicalistas; maestros, médicos, abogados, juezas y jueces; ongs e iglesias…, y nosotros mismos (desconfiemos de los análisis que nos absuelven; sólo acertaremos si indagamos hasta el fondo, hasta descubrir que también nosotros estamos manchados).

¡Pobres triunfadores!

Caeríamos en la trampa si pensáramos que la globalización tiene sus perdedores sólo entre las poblaciones del Tercer Mundo y los trabajadores (o aspirantes) del primero.

¿Qué proceso lleva a una persona al poder? Dejando la ambición al margen (a efectos meramente expositivos), no se pueden descartar las buenas intenciones: todavía hay quien piensa que con el poder se pueden hacer cosas buenas!

Quien llega a esa posición encuentra mecanismos establecidos, muy engrasados, que funcionan (aparentemente, y sólo aparentemente) con o sin el poder de turno. A ellos sacrifica su ser y sus sueños. Y quien renuncia a su propio ser y a sus ideales camina sin futuro.

Así que, inicialmente, desaparece el tiempo. Quien ostenta el poder cree que puede someterse ahora y postergar sus sueños y deberes. Quien tiene el poder cree tener también el tiempo. El hoy se deja a la servidumbre y la liberación queda para mañana. Y los sueños y el servicio son inaplazables.

Pierde no sólo el tiempo futuro que no está en sus manos y el tiempo presente que sacrifica a la máquina, sino la historia, que trae la verdad. Excluyendo a los compañeros de viaje, el poderoso se queda solo, soledad tanto más grave cuanto que aparece tan rodeada de gente; soledad tan negada que no podrá ser resuelta. El grado de soledad se mide por el número de cámaras de vídeo, torniquetes de acceso, salas, antesalas y gabinetes. Ergo la cantidad de poder es directamente proporcional a la soledad en que se vive.

¡Curiosa globalización que causa víctimas entre perdedores y entre triunfadores! ¡Resulta que globaliza la anulación, el ninguneamiento, la nada! (Eso sí, la nada mejor vendida del mundo.)

Salgamos de la caverna

La última perversión es restringir el problema al mundo de las ideas, sin ser conscientes de que nosotros mismos somos agentes y sufrientes de globalización y que es hora de desuncirse el yugo. Cada uno tendrá que ver qué pinta en todo esto para ver si es posible pintar otro mañana.

Y nosotros, creyentes, somos conscientes de que Dios está con nosotros; mejor aún, está sobre todo con quienes son más pobres, más despreciados, más marginados. Y eso es esperanza y garantía de victoria. Así pues, ¿es posible reescribir este artículo?

La palabra

Conviene rescatar la palabra «economía». La economía actual, confiada a la mano invisible de la auto-regulación del mercado y movida por los señuelos de productividad, competitividad, déficit cero y otros, ha corrompido la naturaleza de la economía, la administración de la casa o el patrimonio familiar. Proponemos, no que la economía abandone los espacios internacionales, sino que sea una «administración», un servicio al ser humano, de todo el ser humano y de todos los seres humanos.

Esa economía deja espacio para el desarrollo de los seres humanos, no al margen, sino con la economía, y, sobre todo, permite a Dios ser Dios, acampar en medio de los suyos.

Así los seres humanos recuperan la palabra sobre la naturaleza y sobre sí mismos y escuchan en sus palabras, pronunciadas en convivencia, el eco de la Palabra que alienta en todos.

La historia

Los mismos pueblos que conservan la memoria de la opresión y de la explotación, conservan también la experiencia de un Dios parcial a favor de los pobres y excluidos, comprometido con su causa, liberador siempre.

Por más que Fukuyama proclame el fin de la Historia, el Antiguo y el Nuevo Testamento nos hablan de otra historia, de un Novísimo Testamento, tan real como los otros, pero aún por escribir.

El Reino

El neoliberalismo ha sacralizado el libre mercado. Las necesidades y esperanzas del ser humano se satisfacen en el mercado; los fallos se reparan aplicando la receta de «más mercado». Esa falsa utopía exige, de un lado, fe para apostar por ella y mantenerla y, de otro, humildad para reconocer las realidades humanas que se resisten a obedecerla. Así la anti-utopía del mercado ha apagado los anhelos y los sueños de libertad y de solidaridad y ha vampirizado las fuerzas de transformación que residen en el corazón humano.

Pero el realismo más puro no puede ocultar que el ser humano ha nacido para soñar que allí donde hay un ser humano que respira hay un ser humano que sueña. Es igualmente real que ese ser humano finito y limitado concibe sueños infinitos e imposibles. Por ello la realización de esos sueños, contando como factor imprescindible con la vida y el trabajo de los seres humanos, depende a la vez de una fuerza exterior a este sistema.

La consistencia, permanencia y naturaleza de esos sueños universales apuntan al Reino, Reino que ya está entre nosotros pero que todavía no ha culminado, Reino que podemos aproximar pero que es, en definitiva, don de Dios.

¡Bienaventurados los pobres!

Cuando los gobiernos (de todos los colores), las instituciones (presididas en muchas ocasiones por cristianos), las universidades (incluso las cristianas), los medios de comunicación (también los auspiciados por la Iglesia católica) y los colegios (sí, sí, los confesionales entre ellos) han consagrado un modelo ideal de ciudadano que no tiene nada que ver con Jesús de Nazareth, ¿qué podemos hacer nosotros?

Abandonemos nuestras falsas seguridades y confiémonos unos a otros, y todos a Dios; revistámonos de pobreza y de libertad y de alegría; levantemos la bandera del amor, entonemos y bailemos las bienaventuranzas, que son proclamaciones de salvación. Hagamos realidad, primero, en nosotros mismos, el programa de las bienaventuranzas, para que luego el Reino venga a todos.

Deja una respuesta