Emiliano de Tapia
Una parábola quizá por todos conocida, al inicio de esta reflexión, intentaré que nos ponga en el núcleo central de cuanto puede ser pensamiento de todos en referencia a la conciencia que tenemos de la esclavitud que está suponiendo para el mundo actual, y especialmente para los pobres y excluidos, los dioses que esta misma sociedad se crea en nombre del poder o de la religión, del consumo o del dinero, del orden que se nos impone y nos domina.
«Un hombre rico y emprendedor se horrorizó cuando vió a un pescador tranquilamente recostado junto a su barca contemplando el mar y fumando apaciblemente su pipa después de haber vendido el pescado.
–¿Por qué no has salido a pescar? –le preguntó el hombre emprendedor.
–Porque ya he pescado bastante por hoy –respondió el apacible pescador.
–¿Por qué no pescas más de lo que necesitas? –insistió el industrial.
–¿Y qué iba a hacer con ello? –preguntó a su vez el pescador.
–Ganarías más dinero –fue la respuesta– y podrías poner un motor nuevo y más potente a tu barca.
Y podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces.
Ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylón, con las que sacarías más peces y más dinero.
Pronto ganarías para tener dos barcas… Y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico y poderoso como yo.
–¿Y que haría entonces? –preguntó de nuevo el Pescador.
–Podrías sentarte y disfrutar de la vida –respondió el hombre emprendedor.
–¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento? –respondió sonriendo el apacible pescador.»
Sobra, quizá, todo lo que yo pueda añadir, pero la dura realidad, consecuencia de un mundo que es dirigido por los intereses del hombre rico y emprendedor de la parábola nos sitúa ante la mirada que contempla, sufre o colabora con dioses esclavizantes.
La idolatría del dios poder
Donde hay muerte, hay idolatría. Desde hace algunas décadas, los dueños del nuevo poder que se nos impone, el poder que «no tiene rostro», los movimientos especulativos del capital, los mercados, derivan a pueblos y grupos sociales a situaciones escandalosas e injustas: hambre, miseria y marginación.
Aún más, este ejercicio del poder que los mismos pobres y excluidos apoyan en ciertas situaciones, oscurece la necesaria y urgente toma de conciencia de que somos un solo mundo para cada ser humano y para todo ser humano.
La idolatría del poder tiene hoy un nombre y es neoliberalismo.
El ejercicio del poder político, una única aspiración: ser administradores de los que gobiernan el capital.
En el resto de la sociedad, de manera generalizada, una única actitud pasiva, conformista y resignada, «esto es lo menos malo», «vive el momento, el aquí y el ahora».
La idolatría del dios consumo
El «poder sin nombre», administrado por los sistemas políticos actuales, nos va llevando a una peligrosísima adaptación de la gran mayoría de la sociedad a una manera de ver, sufrir o disfrutar de cuanto nos ofrece el sistema como algo normal.
Los medios de comunicación y otros mecanismos y organizaciones aparecen como los grandes tentáculos de un sistema que va generando en la población una nueva cultura del competir y del consumo.
Los valores que conlleva el consumo idolatrado ha desplazado al ser humano del objetivo central del desarrollo de la sociedad.
La idolatría del consumo tiene un nombre: sacralización del libre mercado.
Quienes manejan los hilos y las decisiones, una aspiración: mediatizar las necesidades y esperanzas del ser humano ofreciendo la falsa utopía del tener olvidando el ser.
La generalidad de la sociedad acepta la esquizofrenia de convivir, en aras del consumo, con valores tergiversados y utilizados en interés no del ser humano, sino del sistema que le está robando sus valores fundamentales (bancos que hablan de «solidaridad» o gobiernos que hacen guerras «justas», sistemas educativos que van dejando en la cuneta a los fracasados escolares en aras de una mínima élite que triunfa y tiene recursos para competir).
Esta cultura del dios consumo ahonda en la actitud de potenciar más los deseos propios que las necesidades de todos. En los deseos propios los límites no existen, se busca lo ilimitado, y así nunca se siente la necesidad de compartir. (Aquí situaríamos este sentir generalizado, «antes se compartía más, aunque se tenía menos».)
La cultura del dios consumo fortalece sobre manera el éxito. Se exaltan los modos de pensar, sentir y hacer de los triunfadores. Se ignoran los perdedores o a lo sumo se suscita compasión. (Aquí tendría explicación programas televisivos de tanta audiencia como «gran hermano», «operación triunfo», o …, vistos sobre todo por gente sencilla.)
Esta cultura consumista «de la satisfacción», que provoca que el único bienestar parezca que sea «el mío y el de los míos», hace que nos alertemos ante los que están peor y me pongan en peligro. (Pensemos en el momento actual en la actitud que mucha gente manifiesta con los emigrantes y el empleo o la seguridad «vienen a delinquir y a quitarnos el trabajo».)
La idolatría del dios dinero
La referencia de vida que se nos presenta hoy a la sociedad es la globalización; y esta globalización que nos envuelve afecta positivamente a los países ricos, pero siempre margina a la gran parte de la población mundial, todos lo experimentamos, aún dentro de los países desarrollados.
La cultura del consumo necesita de recursos económicos, y éstos son escasos en grandes capas sociales, pues los beneficios llegan a los de siempre, a los mejor situados.
Esta globalización económica genera grandes perdedores, pero también aparentes triunfadores sumidos en soledad, en individualismo, en sometimiento a veces idolátrico o en inhumanidad generalizada.
Son buen ejemplo en nuestro mundo desarrollado la tendencia salvaje de privatización a toda costa de servicios públicos y sociales con el único interés del ánimo de lucro a costa de pocos ganadores y muchos perdedores (desempleados, ancianos solos con bajos recursos, colectivos sociales excluidos…), o son también, en otro orden, buen ejemplo, tantas personas y colectivos víctimas de enfermedades sociales que desestructuran y rompen tantas familias y grupos.
El dios dinero idolatrado tiene hoy un nombre igualmente, globalización.
Quienes potencian esta globalización necesitan de la injusticia de perdedores y ganadores para perpetuarse.
Necesitan los cambios económicos (reestructuración industrial y tecnológica, nuevas localizaciones de empresas, desinversiones…).
Necesitan cambios en el mercado laboral (desempleo, precariedad laboral, economía sumergida, reducción o contención salarial…).
Necesitan nuevos sistemas de seguridad y protección social ante los nuevos problemas y las nuevas demandas (a costa de reducir derechos).
De esta manera la economía «se salva», pero muchas personas y grupos sociales caen y se derrumban.
La idolatría del dios del orden y de la seguridad
Es ya el colmo de los dioses. Los que dominan esta sociedad necesitan un orden y seguridad adecuados.
Quienes son víctimas caen en la trampa de justificar y exigir ese orden y seguridad.
No se hace posible imaginar un futuro alternativo de nuevas relaciones que mantenga una visión esperazanda de la sociedad.
En nombre del orden y de la seguridad cuantas personas y colectivos pierden su identidad, son simples deshechos humanos. La cárcel como confluencia de todas las pobrezas es la imagen más viva de las consecuencias de esta «necesidad de orden y seguridad».
Las principales víctimas del orden y la seguridad en el mundo desarrollado son los DIFERENTES. Aparecen como culpa de esta sociedad (okupas, gays, lesbianas, drogodependientes, emigrantes, prostitutas…).
Están apareciendo como nuevas víctimas quienes optan por participar y dinamizar alternativas globales al sistema actual, se les reprime, se les criminaliza, se les excluye en nombre de la seguridad (movimientos antiglobalización, en defensa de los «sin papeles», toma de tierras…).
En nombre del orden y de la seguridad se multiplica la presencia de personas pobres en las cárceles.
A la emigración no se da solución y se le aplica la cárcel. A los enfermos psíquicos se les echa a la calle y acaban en la cárcel. A las personas drogodependientes se les encierra en la cárcel.
El orden y la seguridad, casi siempre en nombre del dinero, y la intolerancia, se adueña como una enfermedad más de la convivencia moderna en nuestras vidas.
Al final de estas líneas solo cabe decir: la parábola tiene toda la razón.

